
Ningún escritor celebró el imperio británico como Rudyard Kipling, tan patriota él que se empeñó en que su hijo luchase, a los 16 años, en la Primera Guerra Mundial. Inicialmente las autoridades militares no permitieron que John Kipling fuera al frente. No solo era demasiado joven, sino extremadamente miope.
Pero el padre, que tenía sus contactos, movió cielo y tierra y logró el objetivo.
Kipling hijo murió en su primer combate, en 1915. Kipling senior quedó traumatizado de por vida. Arrepentido de todo, escribió en 1919 un poema de dos líneas, el epitafio para los caídos en lo que había sido una de las guerras más sangrientas y más inexplicables de la historia.
“If any question why we died,/Tell them, because our fathers lied.” “Si preguntan por qué morimos,/decidles: porque nuestros padres mintieron.”
Pocas veces tan pocas palabras pueden haber comprimido de manera tan certera tanta amargura, decepción y desconsuelo. Resumen la terrible verdad detrás de tantas guerras, siempre. La de Vladímir Putin en Ucrania no es ninguna excepción. Motivada por el mismo fervor imperialista que una vez impulsó a Kipling, se basa en mentiras: que la Ucrania “nazi” representaba un peligro para Rusia, que la población ucraniana aborrecía al gobierno (electo libremente) de Volodímir Zelenski, que el éjercito ruso tomaría Ucrania en días.
Salvo, quizá, los familiares de los casi medio millón de soldados rusos que murieron desde que Putin ordenó la gran invasión al país vecino en febrero de 2022, ¿aparecerá alguien -un Kipling ruso- que se declare contra semejante cruel y disparatada tragedia? Probablemente no.
Pero hay una segunda lección de la que los rusos, incluso aquellos no tocados por la guerra en carne y hueso, sí están hablando. Una lección ineludible -no histórica, sino rabiosamente actual- que está picando las puertas de las otras grandes potencias mundiales, Estados Unidos y China.
Tucídides, el historiador de la antigua Grecia del que el líder chino Xi Jinping es devoto, dejó una famosa frase: “Los fuertes hacen lo que quieren, y los débiles sufren lo que deben”. Ya no. En la guerra moderna ni los fuertes son tan fuertes, ni los débiles son tan débiles.
Estados Unidos debería haber sacado dicha conclusión tras sus aventuras fallidas en Vietnam, Irak y Afganistán. Irán, un país que gasta cien veces menos al año en defensa que EEUU, se la está recordando hoy mismo. Tras apenas cien días de guerra, Irán es la que “tiene las cartas”, como diría Donald Trump. En cuanto a China, se ve obligada a reconsiderar como nunca la noción de conquistar Taiwan por las armas.
Como dice el Evangelio, los últimos serán los primeros. O casi. La experiencia rusa en Ucrania lo demuestra. El régimen de Putin posee tantas más armas y tanto más personal armado que el enemigo, pero no avanza. La ofensiva rusa está tan estancada como la alemana en la guerra de 1914-1918.
Debido a los enormes costes de la guerra la economía rusa se pudre, lo que está generando un descontento social no visto desde que Putin tomó el poder en el año 2000. Y las élites rusas se empiezan a fragmentar, señal de ello siendo que en la controladísima prensa rusa algunos analistas políticos y blogueros militares nacionalistas se atreven de repente a denunciar el sinsentido de “la operación especial militar”.
La población rusa no se entera de la espantosa cantidad de bajas que sufre su ejército. El régimen no publica las cifras. Hay algo, sin embargo, que Putin no puede ocultar: los crecientes ataques ucranianos contra la infraestructura rusa, especialmente las refinerías de petróleo, factor contribuyente no solo a la subida de los precios de gasolina, sino -en un país exportador de petróleo- a su escasez.
Tan orgullosamente patriota como los zares de antaño, Putin está siendo humillado por el pequeño vecino, y lo más alarmante para él es que sus súbditos lo ven. Lo peor hasta la fecha le ocurrió esta misma semana. Los visitantes locales e internacionales al “Davos ruso” anual, el Foro Económico Internacional de San Petersburgo, vieron una enorme nube de humo negro sobrevolando la segunda ciudad rusa, donde nació Putin. Fue como consecuencia de un ataque de drones a una base naval. El humo se veía y se olía mientras Putin daba un discurso celebrando los incentivos para invertir en su país.
El factor desequilibrante en la nueva forma de hacer la guerra es, claro está, la tecnología de los drones, donde Ucrania es de momento superior a Rusia, capaz tanto de inmovilizar el frente como de lanzar ataques a más de mil kilómetros de sus fronteras. Se ha llegado al extremo de que ya no se puede dar por hecho que Rusia siga manteniendo el control sobre Crimea, en sus manos desde 2014.
Las últimas noticias dicen que los drones ucranianos están paralizando la logística en la península, lo que limita la capacidad militar rusa y el acceso a comestibles básicos para la población civil. Las playas de Crimea, de momento la Costa del Sol rusa, son menos atractivas que antes para los veraneantes de Moscú.
Para colmo, desde el punto de vista del Kremlin, saltó también esta semana la noticia de que Ucrania está diseñando un mísil defensivo equivalente al del sistema estadounidense “Patriot”, el que EEUU dejó de enviar a Ucrania cuando Trump accedió al poder el año pasado. Dicho armamento interceptaría los misiles balístico rusos que tanto daño económico y humano siguen causando en Kyiv y otras ciudades ucranianas. Es mucho más barato y más fácil de fabricar que el Patriot, según The Financial Times, y se espera que entre en acción el año que viene.
Bienvenidos a la era de la asimetría bélica. ¿Es bueno esto? Dependerá en parte de la respuesta a otra pregunta. ¿Las ya no tan potentes grandes potencias recurrirán a la opción nuclear para recuperar su ventaja en la guerra convencional? A ver.