Podría decirse que Paloma Fabrykant escribió una novela de formación atravesada por la furia. En Toda tu furia (Planeta), una adolescente de los años noventa busca desesperadamente un lugar al que pertenecer mientras intenta llenar los vacíos que dejaron la ausencia, la soledad y el deseo de ser vista. Con una arriesgada narración en segunda persona, la autora consigue que el lector habite cada duda, cada caída y cada descubrimiento de una protagonista que encuentra en las artes marciales mucho más que una disciplina física.
Paloma Fabrykant, escritora. Foto: Cristina Sille.En esta entrevista, Fabrykant repasa el origen de una novela nacida por encargo editorial, explica por qué eligió una voz narrativa poco frecuente en la literatura contemporánea y reflexiona sobre la adolescencia de fines de siglo, las búsquedas identitarias y el universo de las artes marciales mixtas. También habla de sus lecturas, del lugar de las mujeres en la literatura actual y de los desafíos que enfrenta el libro como objeto cultural en una época dominada por las pantallas y la fragmentación de los consumos.
–La primera pregunta es muy básica: ¿cómo se te ocurrió o cómo nació la necesidad o la idea de escribir esta novela?
–La respuesta a esto siempre decepciona un poco en mis entrevistas: surge a partir de una propuesta de la editorial. Como toda mi obra, nunca escribí a partir de una necesidad expresiva o «del corazón», no es mi estilo. La idea nace de una charla con Planeta después de que leyeran Diario Rosario, mi novela anterior. Llegamos a un acuerdo: yo les cedía los derechos de esa novela ya editada para que la republicaran y, a cambio, me comprometía a escribir una completamente nueva en el plazo de un año. La editora Ana Ojeda, que había seguido un poco mi vida y le interesaba mi recorrido en la difusión de los deportes de combate y las artes marciales, me dio una consigna muy particular: «Quiero que la novela sea sobre una mujer que se mete en este universo tan desconocido del vale todo y que pone el cuerpo». A mí me gusta mucho escribir con una consigna, con un contrato y con un tiempo de entrega; es la manera en que mejor funciono. Esa es la prosaica historia de cómo nació el libro.
–Está escrita en segunda persona, me hizo acordar a los libros de Elige tu propia aventura porque sentís que vos sos la protagonista. Te mete en la historia por la fuerza. Es jugado, pero el resultado es excelente.
–Eso sí fue una idea 100% mía. El proceso para llegar a la segunda persona fue un trabajo de hormiga, muy metódico, que yo disfruto mucho. La primera versión era en tercera persona y en pasado, pero, al leerla, sentí que le faltaba algo, que quedaba muy lejana y obvia. Me parecía casi un cuento de Disney (aunque la gente me pregunte qué puede tener esto de Disney). La segunda versión fue en tercera persona pero en presente, para darle más ritmo y velocidad a la acción, y aunque funcionaba mejor, todavía sentía que faltaba meter al lector dentro del personaje. Pensaba: ¿Cómo voy a hacer para que a un hombre de 50 años le interese la historia de una chica de 15? Por eso hice la tercera versión: decidí meter al lector por la fuerza utilizando la segunda persona. Es rejugado porque hay muy poco escrito así en la literatura actual. Cuando ya estaba terminada y no había vuelta atrás, me agarraron las dudas y pensé: ¿Por qué quise doblar tanto la apuesta si tenía las versiones anteriores guardadas? Pero por suerte el feedback es muy positivo. La segunda persona es una apuesta arriesgada; sé que hay gente que quizás no pasa las primeras páginas, pero a la mayoría le ha gustado la experiencia de ser metida a la fuerza en el relato.
–El cambio de la protagonista desde la infancia, pasando por la adolescencia y la llegada a la adultez, contada en segunda persona, nos acerca a nuestras propias historias. ¿En quién te basaste para pintar la adolescencia con esos detalles tan precisos?
–Tengo 45 años, por lo que la novela está ambientada en la época en que yo misma era adolescente, a fines de los 90 y principios de los 2000. Tomé muchas experiencias propias, otras de oídas, chismes y recuerdos de gente de aquel momento para recrear el cambio de milenio. Era una época muy especial en la que había una búsqueda desesperada de identidad y sentido. Se nos venía encima la tecnología y todo cambiaba muy rápido. Las tribus urbanas eran definitorias: tenías una amiga hardcore, otra hippie, y sentías que tenías que decidir qué te representaba en la vida. Hoy mirás atrás y te das cuenta de que eran boludeces (cómo te vestías o qué música escuchabas), pero en ese momento te iba la vida en ello.
–Está retratada también la soledad de esa adolescente: una mamá que tiene que trabajar un montón, la ausencia del padre…
–Creo que ahora la soledad de los jóvenes es peor debido a la combinación de la pospandemia y las redes sociales. Eso los alejó del contacto natural, del mano a mano y del juntarse físicamente. El hecho de haber estado dos años aislados fortaleció canales de comunicación virtuales y remotos. Es una locura pensar que cuando éramos chicos el término «presencial» ni siquiera existía; no tenías que aclarar que ibas a asistir con tu propio cuerpo. Más allá de la época, la soledad en el personaje es constitutiva de su personalidad y resulta fundamental para el desarrollo de la trama. La protagonista intenta llenar el vacío de la muerte de su padre y la soledad con diferentes cosas: la música electrónica, el abogado, el profesor de secundaria. Hasta que encuentra en el karate una fortaleza que, en realidad, termina siendo una fortaleza en ella misma.
–Sí, ella realiza un periplo largo buscando llenar ese vacío. Con cada cosa nueva que descubre piensa: ‘Ah, era esto, este era el pedacito que le faltaba a mi corazón’, y se aferra con fuerza. Pero finalmente, cuando llega al karate, se da cuenta de que el lugar era ahí.
–Cerca del final, cuando otro profesor le dice «Loca, sos vos», ella comprende que la fuerza no está en los demás, sino en sí misma, iniciando un pequeño camino de redención. Es, en esencia, una novela de iniciación, el camino del héroe, donde finalmente encuentra lo que busca. Y el final queda medio abierto.
–Se aprende muchísimo de artes marciales leyendo el libro. En el cine tenemos referentes como Million Dollar Baby o Karate Kid, pero faltaba una protagonista femenina en un deporte actual como las artes marciales mixtas (MMA), que para mucha gente es lejano o tiene fama de violento. ¿Qué tomaste de tu propia experiencia marcial?
–En los aspectos biográficos y el universo mental, la protagonista es muy opuesta a mí: ella es huérfana y viene de una situación socioeconómica muy difícil, mientras que yo soy hija de un fotógrafo y una escritora que están presentes. Sin embargo, en el plano de las artes marciales, le hice recorrer exactamente mi propio camino: el paso por el karate, el descubrimiento del MMA y el traspaso al jiu-jitsu. Las sensaciones de la práctica y el personaje del Sensei están calcados de mi realidad. Hubiera sido muy difícil escribirlo así «desde adentro» sin haber pasado por esa experiencia. Mostrar el MMA desde ese lugar tiene que ver con una militancia personal de toda la vida. He sido una activista en favor de las artes marciales mixtas, especialmente para desglosar la complejidad que hay detrás. Cuando ves a dos personas trenzándose en una jaula, si no sabés de artes marciales, solo ves un hecho violento. El que conoce puede descomponer y entender cada elemento. Es como escuchar una banda de heavy metal: para el que no sabe es solo ruido, pero el que entiende aprecia la armonía de la guitarra y los acordes del bajo.
–¿Cómo encontraste el título?
–El tema de la furia era una constante a lo largo del relato. Durante casi todo el proceso de escritura la novela se llamó Donde quepa la furia. El sintagma me gustaba porque me parecía complejo y literario, pero el uso del subjuntivo «quepa» me resultaba un verbo raro y no me terminaba de cerrar. Pasé por Donde vive la furia y Donde habita la furia, buscando ese lugar donde guardar o meter la bronca. Pero al releerme tantas veces, me di cuenta de que si la novela estaba en segunda persona, el título debía reflejarlo. En una escena el texto decía algo como «¿qué vas a hacer con toda tu furia?», y ahí lo vi claro. Toda tu furia. Más cortito, directo y efectivo.
Paloma Fabrykant, escritora. Foto: Cristina Sille.–¿Qué te gusta leer a vos?
–Leo muchísima narrativa argentina contemporánea actual, sobre todo a escritoras de mi generación. Soy muy fan de Samanta Schweblin, Selva Almada, Eugenia Almeida, María del Mar Ramón, Camila Fabbri, entre muchas otras. También hay varones excelentes que me encantan, como Federico Falco o Luciano Lamberti. Elijo leerlos porque, dado lo caros que están los libros, prefiero colaborar con autores vivos que necesitan cobrar ese pequeño porcentaje que nos toca por derecho de autor. Es un compromiso por principio, pero principalmente porque me fascina lo que están escribiendo. Además, estadísticamente las mujeres somos más lectoras que los varones, y es natural que quien lee mucho termine escribiendo, por lo que el mundo del libro está mutando hacia lo femenino.
–¿Es difícil este momento para el objeto libro, compitiendo contra tantos soportes tecnológicos?
–Totalmente. El libro compite en una guerra terrible de consumos. Para mí, la tecnología de la letra escrita que dispara imágenes en tu propia cabeza es superadora de todo lo demás, porque manejás tu propia velocidad y no es invasiva como una pantalla que te impone lo que tenés que ver. Pero entiendo que requiere una estructura cerebral habituada a la lectura que no todo el mundo comparte. Por otro lado, el libro es uno de los únicos soportes de ficción que todavía no te trae publicidad, lo cual es hermoso, pero también lo vuelve un objeto carísimo y exclusivo para un público muy selecto, porque todo el costo lo absorbe el lector. A veces bromeo con que habría que poner un aviso de «Tome Coca-Cola» entre capítulo y capítulo para que el libro valga 50 pesos en lugar de 5000, pero nos alejaríamos de su esencia. Tampoco sirve la lógica de «comprarlo y circularlo comunitariamente» porque ahí al autor no le queda nada. Yo suelo decir: «Si te gustó mi libro, no lo prestes; comprá otro y regalalo», pero la gente no tiene plata para hacer eso. Vivimos en un momento de atomización absoluta. Ya no existen los grandes bestsellers que venden millones, de la misma manera que ya no hay programas de televisión que hagan 25 puntos de rating (de hecho, la tele tradicional también está muriendo frente al streaming). El entretenimiento se ha hipersectorizado en nichos muy pequeños donde hay millones de opciones y, paradójicamente, no le está yendo bien económicamente a nadie. Es un mundo loco y vertiginoso, muy distinto al de los años 90, al que todavía nos cuesta acomodarnos.
Paloma Fabrykant básico
- Nació en Buenos Aires, en 1981. Cursó la secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires, años en los que ideó el fanzine La elite intelectual.
Paloma Fabrykant, escritora. Foto: Cristina Sille.- A los 19, le llegó la oportunidad de publicar su primer libro, Cómo ser madre de una hija adolescente, escrita por una hija adolescente, publicado por Planeta.
- Su hábitat laboral se repartió entre agencias de publicidad, redacciones periodísticas, corresponsalías y sets de televisión. Destacó por sus columnas de opinión y notas de investigación en la revista Viva (Clarín).
- Actualmente es guionista del programa Bendita, Canal 9. En 2024, Emecé publicó su novela Diario de Rosario.
- Es cinturón negro de karate y jiu-jitsu brasileño y fue peleadora de artes marciales mixtas (MMA) y comentarista de estos deportes para distintos canales de televisión.
Toda tu furia, de Paloma Fabrykant (Planeta).