
El inicio de la campaña de trigo y cebada exige una atención especial sobre varios factores que pueden condicionar el potencial productivo desde las primeras etapas. Para el ingeniero agrónomo y asesor de empresas agrícolas Diego Álvarez, el monitoreo temprano y la prevención son las herramientas más importantes para llegar con éxito a la cosecha.
Según el especialista de la firma Lares, el primer paso consiste en realizar un seguimiento exhaustivo de las malezas. En regiones como el norte de Buenos Aires, el corredor del Paraná y Entre Ríos, la principal preocupación pasa por las gramíneas resistentes, especialmente ryegrass.
«Hay que estar muy atentos a los nacimientos y a los lotes con antecedentes de la maleza», señala Álvarez. En esos casos, recomienda diseñar una estrategia basada en herbicidas residuales para evitar que las distintas camadas de emergencia se desarrollen dentro del cultivo.
El monitoreo también debe incluir la búsqueda de insectos de suelo. Una metodología sencilla consiste en retirar el rastrojo y observar la presencia de agujeros de tamaño importante. Si aparecen más de cinco perforaciones por metro cuadrado, el especialista aconseja profundizar el análisis con pala para verificar la presencia de gusano blanco. En trigo, el umbral de acción se ubica entre tres y cuatro larvas por metro cuadrado.
Ante esta situación, recomienda utilizar semillas tratadas con insecticidas. Actualmente, existen curasemillas que pueden incorporar o no este tipo de protección, permitiendo adaptar la estrategia según el riesgo detectado.
Elegir una variedad y protegerla
En Argentina existen más de 300 variedades de trigo, aunque la mayor parte del área sembrada se concentra en apenas una decena de materiales de alto potencial de rendimiento. Esta concentración aumenta el riesgo de que determinadas razas de roya o enfermedades foliares provoquen epidemias.
Por ello, Álvarez recomienda complementar la elección genética con un tratamiento profesional de semillas. «Si se elige una variedad de punta, conviene utilizar un buen curasemilla con carboxamidas», explica.
Actualmente existen varias alternativas comerciales con esta tecnología, capaces de brindar una protección inicial frente a enfermedades y permitir un mejor establecimiento del cultivo.
La fertilización también ayuda a manejar enfermedades
Otro aspecto fundamental es el diagnóstico nutricional. El asesor recomienda realizar análisis de suelo y, como mínimo, ajustar las dosis de fósforo y nitrógeno.
La disponibilidad de nitrógeno en las primeras etapas no sólo favorece el crecimiento sino que también puede contribuir a reducir el impacto de enfermedades necrotróficas, como la mancha amarilla.
En situaciones de alta presión, una estrategia de fraccionamiento del nitrógeno —con una parte aplicada a la siembra y otra durante el desarrollo vegetativo— permite incrementar la biomasa y, en algunos casos, disminuir la necesidad de aplicaciones fungicidas.
Atención a los pulgones en la implantación
Los pulgones, especialmente el pulgón verde, representan otro riesgo durante la emergencia y establecimiento del cultivo, sobre todo en años secos o cuando se reduce la tasa de crecimiento.
Pocas colonias pueden generar clorosis y afectar la fotosíntesis, e incluso provocar la muerte de plántulas si las condiciones de estrés hídrico se prolongan. No obstante, Álvarez considera que durante esta campaña la amenaza sería menor debido a las buenas reservas de humedad registradas en gran parte de las regiones trigueras.
Sin embargo, advierte que existen microrregiones donde las lluvias han sido más escasas, por lo que recomienda aprovechar el recuento de plantas en los estadios iniciales (11 y 12 de Zadoks) para detectar tempranamente la presencia de estos insectos.
Cebada: con mayor exigencia sanitaria
Para los productores de cebada, las recomendaciones son similares, aunque con una diferencia clave: el uso de curasemillas con carboxamidas pasa a ser prácticamente imprescindible.
La cebada presenta una mayor susceptibilidad a enfermedades de comportamiento necrotrófico, como la mancha en red, cuyo ciclo es más rápido que en trigo. Por eso, una adecuada protección desde la semilla brinda mayor tranquilidad durante las primeras etapas y permite postergar las aplicaciones foliares hasta los estados de encañazón, entre primer y tercer nudo.
De acuerdo con Álvarez, una estrategia basada en curasemillas con carboxamidas al momento de la siembra y una aplicación foliar posterior en encañazón suele ser suficiente para mantener bajo control tanto enfermedades necrotróficas como royas durante todo el ciclo.
En definitiva, el especialista destaca que la protección de los cultivos de invierno comienza mucho antes de la aparición de los problemas. Monitorear malezas e insectos de suelo, realizar análisis de fertilidad, elegir adecuadamente la genética y proteger la semilla son decisiones que permiten construir desde el arranque el potencial de rendimiento de trigo y cebada.