
Durante un mes el mundo se vuelve una pelota de fútbol. Es difícil hablar de otra cosa. Llegás al gimnasio: fútbol; al supermercado: fútbol; y en el transporte público: fútbol.
La emoción argentina se desborda. ¿Cómo nos irá?, piensan todos, y hasta yo – un cubano cuyo deporte preferido es el boxeo- de pronto me dejo llevar por la emoción y la Scaloneta ocupa mis pensamientos. Me asomo al balcón y miro con cariño a los jugadores aficionados que a las 11 de la noche de un domingo gritan desde la cancha alquilada. Algunos tienen un sobrepeso importante y son tan mayores que uno tiembla por esas rodillas que sostienen tanta humanidad vociferante. Los traumatólogos tienen trabajo.
Ninguno espera ya que un club de primera (o de quinta) los contrate. El juego para ellos es nacer todos los días, son los famosos jugadores de potrero. A veces, entre tanta gente mayor, se suma un jovencito que ejecuta gambetas y se luce con la pelota: “pasala, Messi”, le gritan. Y él, durante segundos, es el rosarino astro del Mundial. A veces también juega algún que otro extranjero, senegalés, venezolano o de origen chino, y uno está convencido de que llegará el día en que la selección argentina sea variopinta, con los rostros de los argentinos nuevos.
El fútbol y el tango son la amalgama de este país. Desde el balcón lo veo. No importa el gris invierno, no importan los kilos y los años de más, el argentino juega al fútbol hasta que puede. Cuando ya no puede lo mira por televisión. Es como si siguiera jugando, se enardece, grita. Casi hay que llamar a urgencias por los subidones de presión. Pero no pasa nada que no se cure con un mate con hierbas aromáticas.
Toda la semana ellos esperan el finde, ya sea para jugar el partido mientras la vida lo permita o apoltronados en el sofá para disfrutar de las proezas de los jugadores que cumplieron los sueños de muchos y llegaron a primera.
Sí T S Eliot, el poeta, dijo: “he medido mi vida con cucharillas de té”, cuántos aquí pueden decir: “he medido mi vida con goles”.
Hasta yo, que nací en el Caribe y me pasé la juventud nadando, espero los partidos del domingo con algo de nostalgia.
¿Qué es entonces el Mundial para muchos argentinos, sino un finde gigante, casi infinito?
Este mes va a haber mucha gente ojerosa que se cae de sueño en los trabajos. Gente de ambos sexos, porque también muchas mujeres juegan y todas lo ven. Sobre todo mujeres jóvenes, ellas, futboleras viejas, crean clubes y pactan partidos. Por lo general tienen mejor forma física que los varones, se preparan más.
Yo jugué al futbol en Santiago de Cuba y en la Universidad de Santa Clara y era tan malo que aún la cancha llora de verme jugar. La pelota me odia por lo que aquí soy un mero espectador, esperanzado, deseoso de que a la Argentina le vaya bien.