El trabajo de Rimbaud (Nube Negra) es una perífrasis reticente en torno al nombre invocado en el título. Narrado en primera persona, lleva adelante una serie de procedimientos atravesados por la experiencia de la lectura, que incluye el relato del hallazgo en una librería de viejo del primer tomo en francés del diccionario de la Comuna de París de Bernard Noël; la relación esquiva entre el narrador y ese volumen suelto; indagaciones y desarrollos varios sobre el modo en que el diccionario está organizado: cronología, índices, temas, entradas, hasta el uso variado y la intervención sobre la tipografía como “una herramienta para distribuir categorías de sentido, un registro del tiempo en la letra”. Al mismo tiempo su autor, Ezequiel Alemian, selecciona pasajes, fragmentos, entradas que traduce, y sobre las que reflexiona, ampliando el campo de su pesquisa y las capas de sentido que el texto acopia.
El libro se expande, se ramifica como parte del mismo sistema o plan de operaciones; cumple la premisa que Sergio Chejfec postuló en un ensayo: “Hacer del relato el desarrollo descriptivo de su propia elaboración”. ¿Y Rimbaud? Su nombre aparece recién en la página 40, junto a Incendios, Sordomudos, Poesía, Hugo, y otros, mencionados como parte de las entradas que están en el índice, pero inaccesibles, ya que pertenecen al tomo II del diccionario. Puro fuera de campo.
“Un texto sin jerarquías y plural, que niega la historia como monumento terminado”, escribe en el prefacio el autor del diccionario, como una petición de principios. Alemian hace suya esa diseminación de la trama textual, juzga en espejo el carácter narrativo y autónomo de cada entrada, se sirve del modelo para avanzar en su propia narración: “un diccionario es un relato sin cabeza. Una novela acéfala”, concluye. Luego desanda un recorrido de lecturas que van de Bernard Noël poeta –su circulación en el ámbito local, gracias a las versiones de Jorge Fondebrider y Sara Cohen–, a una serie de antologías de poesía francesa, el devenir de estas lecturas junto a ciertas circunstancias personales; nuevas lecturas y más, en una espiral que parece no tener fin: el trabajo de Alemian se asienta en la saturación del procedimiento.
¿Y Rimbaud? Una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. La breve semblanza que el libro traza a partir de ciertos hechos de su biografía desarma los lugares comunes que rodean la figura del poeta, y en un puñado de páginas admirables cada afirmación se revela conjetura, que no pretende ser clausura o conclusión: “Rimbaud es a la vez resumen máximo y relato mínimo”, escribe Alemian.
Publicada por Mansalva, esta edición de la Correspondencia de Rimbaud, ordenada de manera cronológica, se divide en tres partes. La primera pertenece a lo que se conoce como, las “Cartas del vidente”, aquellas que el joven Rimbaud escribió en su período de incandescencia poética, e incluye principalmente las que envió a Verlaine, donde da cuenta de la pasión amorosa que los unió, además de las dirigidas a su profesor Georges Izambard y al poeta Paul Demeny, donde lanza al mundo su “yo es otro”, el célebre sintagma que lleva en sí una flagrante puesta en abismo. La última de estas cartas la envía desde Génova a su familia, antes de embarcarse hacia Egipto.
Las “Cartas abisinias” (1878-1891) forman al cuerpo principal del libro, y constituyen testimonio y crónica, tanto del itinerario personal de Rimbaud comerciante en África y Asia como de las tensiones que un hombre blanco europeo vive –y registra– a propósito del colonialismo en el siglo XIX. Documento de cultura y de barbarie, diría Walter Benjamin, lo son también de un espíritu nervioso, del ansia en la persecución de la riqueza, y la fatuidad del empeño. “Soy todo presente, y no le temo a nada”; “yo no tengo con quien soñar, salvo con mi propia persona, que no pide nada”; “yo estoy siempre bien en este lugar inmundo”; “espero que esta existencia termine antes de que llegue el momento de volverme completamente idiota”.
Contradictorio, así se expresa en medio de una constante preocupación por las condiciones materiales que lo rodean, y un futuro en el que, incluso, se imagina volviendo a Francia para formar familia. Son más de cien cartas dirigidas principalmente a su familia, más algunas de carácter comercial o burocrático, que dan cuenta de un lento proceso de demolición. Completa el volumen las “Cartas de Marsella”, cuando el destino ya había sellado su “carnet de condenado”.
Artpress, una narración propia, publicado por la editorial Ripio, podría ser una selección de artículos de la revista francesa de arte contemporáneo. Lo es, de hecho, pero se trata también de un relato que Ezequiel Alemian ensaya sobre la materialidad de los procesos de lectura, escritura y traducción. Las pocas páginas que preceden a la antología no llevan el rótulo habitual de prólogo, sino el nombre de la revista en cuestión, y comienzan de manera similar a El trabajo…, esta vez con el pasaje de la voz, de la primera a la tercera persona.
El texto miniaturiza un procedimiento largamente meditado y de algún modo lo extrema. La distancia que la tercera persona imprime sobre la escritura enrarece aún más, si cabe, su carácter híbrido, negándose a asumirla como propia. Ese lugar le será asignado, en este caso, a los artículos de la revista. Descartada por aporética la hipótesis de una literatura del yo, Alemian acaso proponga una forma desplazada, no envanecida, del autorretrato.
Artpress, una narración propia, Ezequiel Alemian. Ripio, 326 págs.
El trabajo de Rimbaud, Ezequiel Alemian. Nube Negra, 128 págs.
Correspondencia, Arthur Rimbaud. Trad. E. Alemian. Mansalva, 320 págs.

