
Un día Marcelo Pombo le hizo una propuesta al escritor Mauro Libertella. Quería contar su historia, crear un relato autobiográfico entre los dos que partiera de una experiencia y una obra puntual, que después de recorrer un largo camino, descansa en la casa del coleccionista Raúl Naón, mientras dialoga con una gran pintura de Jorge Gumier Maier, realizada por Marcia Schvartz. ¿Una coincidencia? Lo dudo. Pombo y Gumier Maier fueron amigos y aliados en el arte.
Una Navidad en San Francisco Solano fue creada en 1991 con cajas de cartón, flecos de nailon que el artista recortó y muchísimas gotitas de esmalte blanco desperdigadas por la superficie. Está realizada, como tantas de sus obras tempranas, con lo que encontraba o tenía a mano. Es un símbolo de la precariedad, pero por sobre todo, una forma posible llenar de belleza a la necesidad.
La obra se convirtió también un disparador para crear un pequeño libro diseñado por Cecilia Szalkowicz y Gastón Pérsico e iniciado por Raúl y Matilde Naón. “Esta es la segunda publicación que hicimos en base a una obra de mi colección. El primero fue sobre Niña con perrito, de Fernanda Laguna, con texto de ella. Para esta experiencia quisimos darle una vuelta de tuerca e invitamos a Mauro a escribir el texto, pero en primera persona, como si fuera un relato del propio Marcelo. El tercer proyecto va a incluir una conversación entre Diego Trerotola y Juan Queiroz, archivista, investigador y creador de Archivos Desviados, en base a una pieza de Feliciano Centurión”, cuenta Naón y continúa explicando que estos libros no tienen nada que ver con la curaduría, sino que abren un recorrido amoroso de la obra y del artista. Asegura también que este no es el fin, sino que piensan continuar con algunos títulos más.
El libro está plagado de elementos sutiles y acertados que acompañan al relato y develan otras facetas del artista, referente de la escena de los años ‘90, en apenas un puñado de páginas. Incluye fotos de un Pombo muy jovencito, trabajando en una imprenta en 1981, donde de sol a sol se producían folletos, revistas y cajas, elementos que luego aparecerán una y otra vez en su producción.
Un retrato con un grupo de alumnos, de los años en los que fue docente en escuelas especiales hasta 1992 y donde declara que fue muy feliz a pasear de las adversidades. Cuando habla acerca de trabajar en las casas de los niños que no podían ir al colegio, Libertella escribe: “Salía muy perturbado y, al mismo tiempo, era feliz. Era feliz porque ya no trabajaba nueve o diez horas por día, podía caminar, viajaba en trenes que me llevaban lejos. Y lo más importante: empezaba a vislumbrar que me podía hacer de tiempo propio para hacer mis cositas.”
Habla de una conexión con los niños, los beneficios de la burocracia, la inserción en un sistema y un despertar por el hacer, que había aparecido en su niñez y regresa, quizás de manera inesperada, en la juventud. Hay imágenes de obras y al final, a modo de postal, la obra responsable de este confesionario sensible, la que resume su historia. De alguna manera Pombo regala un pedacito de su navidad.
Las palabras de Libertella revelan el tono más dulce de Pombo, como si se tratara de una charla en un café o un confesionario inconsciente en una comida con amigos. Es un tamiz deja al descubierto lo que el artista vivió, ya que así como Pombo aprendió a embellecer la realidad con sus trabajos, Libertella lo hace con el suyo, que nos conducen por una infancia poco idealizada, donde un niño ilusionado pasa de vivir en una casa en Núñez a tener que dormir en el piso junto a sus abuelos en un cuarto compartido, que rápidamente detecta que su papá toma malas decisiones. Libertella transmite esa sensación de desazón, que se transforma en responsabilidad y donde aparece el arte como un destello de esperanza.
Pombo analiza a través de una pluma ajena: “Siento que desde siempre me tocó eso de conocer algo hermoso que luego desaparecía. El dolor de que eso de pronto desaparezca. El empobrecimiento loco, muy fuerte, de mi familia”. Aunque termina confesando: “En ese entramado irrompible se fundó, me parece, mi gusto por embellecer las cosas de la vida cotidiana, de ponerle un poco de brillito”.