
Se iba el partido. Argentina había sido superada por España a lo largo de los 120 minutos y el sueño del bicampeonato mundial parecía escaparse definitivamente. Pero justo en el momento más crítico, cuando el equipo más lo necesitaba, la hinchada argentina sacó a relucir todo su repertorio y convirtió las tribunas del New York/New Jersey Stadium en un último empujón en busca de lo que parecía un milagro.
La Selección tuvo dos de sus oportunidades más claras en la agonía del encuentro y cada avance fue acompañado por un rugido ensordecedor. La gente creyó hasta el final. Cantó, alentó y empujó a un equipo que, pese a estar golpeado y con un jugador menos, intentaba encontrar una última vida para llevar la definición a los penales.
Pero llegó el golpe definitivo. El pitazo final terminó con la ilusión argentina y confirmó a España como campeona del mundo. Nadie se movió de su lugar. Los miles de hinchas de la Scaloneta que se movilizaron desde distintos puntos y realizaron un enorme esfuerzo económico para estar presentes s e quedaron durante toda la premiación acompañando a los jugadores en un momento difícil, pero que incluso en unos años se va a valorar el gran Mundial que hicieron. Tras la entrega de la medalla plateada se quedaron alentando a sus jugadores. Unos incondicionales con la Scaloneta.
Esta vez no hubo festejo ni vuelta olímpica, pero sí hubo reconocimiento. El golpe fue duro, de esos que cuestan asimilar, aunque la relación entre la gente y esta Selección quedó una vez más a la vista. El amor por la Scaloneta sigue intacto. Una derrota puede cerrar un Mundial, pero difícilmente pueda borrar todo lo construido entre este equipo y una hinchada que volvió a estar hasta el último segundo.