
El otro día, cuando lo vi en la vereda, lo saludé enseguida: “¿Cómo anda Moner?”. Él me devolvió el saludo con mi apellido. “¿Cómo me reconoció?” –le pregunté–. “Tu padre siempre te nombra”. “Puede ser cierto” –le respondí–, “él a usted también siempre lo nombra.”
La primera vez que oí hablar de Moner fue cuando mipadre trajo a casa una máquina de escribir. Sería por el 88 o el 89. Trajo la máquina, la apoyó sobre un escritorio y dijo: “acá está”. Era una Underwood Número 5. Tiempo después, cuando hubo que reparar un portacarrete, mi padre la llevó de nuevo a lo de Moner.
Volvió a casa con una Lettera 32 de Olivetti. “¿Y la Underwood?” –le pregunté–. Dijo que en unos días más estaría lista. Que mientras tanto podía practicar con esta. Así fue como el nombre de Moner se fue instalando en la familia. Entre cambios de máquinas y de cintas. Ya sin cintas, la Underwood y la Lettera continúan en casa.
En su época de apogeo, Moner reparaba máquinas en bancos y empresas de General Arenales y pueblos vecinos. Cuando las máquinas de escribir empezaron a perder terreno, él extendió el servicio de la reparación hasta pueblos más lejanos.
Viajaba por la región con stock de portátiles y un banco de trabajo. Una noche, entre Germania y Alberdi, volviendo de un trabajo, notó que un auto sospechoso lo perseguía. A la altura de un punto medio entre los dos pueblos, el auto de atrás aceleró y se le puso enfrente.
Le sacaron las máquinas de escribir y el kit de las herramientas. Ese hecho marcó el fin. Todavía conserva la cicatriz del golpe que recibió en la escena.
Luego de eso dejó para siempre el servicio de la reparación. Me contó su historia y me mostró las máquinas en el piso. Arrumbadas en un rincón de su living. “Elegí la que quieras” –me dijo–. “No, no…» –me negué en seco, como si aceptar una máquina contribuyera a la desaparición de Moner. Como queriendo que Moner no se terminara nunca.
Durante mi infancia fue algo así como un Doctor de Máquinas. Cada vez que a alguna de nuestras máquinas le pasaba algo, mi padre la llevaba a lo de Moner. Ya después en la universidad perdí mi relación con ellas.
Yo, que me jactaba de mis columnas en La Voz de Rojas y de mi rudimentario arte ASCII de postes de telégrafo con Ts corriendo al lado de trenes hechos con ampersands y aches: TTTTT &&&&&&&&&&&& /HHHH, hacia el final de los años 90 tuve que abandonar un mundo de timbres y de teclas de baquelita para pasarme al de las teclas de plástico. Pero esa es otra historia.
Escuché hablar de él casi toda mi vida. El otro día fue la primera vez que conversamos. Él estaba con su talante de William Burroughs en su casa, apoyando un brazo en alto sobre una columna. Agustina Moner –tía abuela de Moner– fue mi bisabuela (Moner es algo así como un tío de mi padre). Con una parte de nuestros orígenes en Francia, son extraños los indescifrables lazos que trazó con el tiempo nuestro linaje. Lo de las máquinas de escribir, fue una herencia.