
Nueve meses después de los comicios legislativos llevados a cabo en nuestro país, comienzan a tomar forma las primeras especulaciones sobre aquellos desafíos y dilemas que deberán enfrentar tanto la oposición -fragmentada, sin liderazgos identificables al menos hasta la fecha y sin alternativas de política pública que ofrecer- como un oficialismo homogéneo, al menos en la superficie de cara a las próximas elecciones presidenciales.
El peronismo, como principal expresión de la oposición, se encuentra frente al irresuelto dilema de la sucesión presidencial; aquel lema utilizado durante la campaña presidencial de Alberto Fernández en 2019, “Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza”, sigue plenamente vigente.
Cristina Fernández de Kirchner opera como un factor que obtura la renovación política aun cuando su condición judicial le impide la posibilidad de participar de manera directa en el proceso electoral.
En relación al oficialismo es clara la disyuntiva: por una parte, si el gobierno intenta reinstalar el “riesgo kuka” puede generar incertidumbre económica y un escenario como aquel posterior a la derrota legislativa en el mes de septiembre de 2025.
Cabe destacar que la oportuna intervención del gobierno de los Estados Unidos impidió males mayores en materia de crisis cambiaria e ingobernabilidad. Por otra parte, si no intenta instalar un escenario de confrontación con el kirchnerismo puede generar incertidumbre política en un contexto de relativa normalización económica y emergencia de nuevas demandas: cabe recordar que la mayor parte de las candidaturas triunfantes se cocinaron en los últimos meses de la campaña presidencial.
Efectivamente, es amplia la experiencia que tiene el país en cuanto al surgimiento de actores políticos, no detectados por el radar de la política tradicional, que rápidamente lograron convertirse en referentes políticos nacionales. Tales han sido los casos de Raúl Alfonsín (1983), Carlos Menem (1989), Néstor Kirchner (2003), Mauricio Macri (2015), Alberto Fernández (2019) y el propio Javier Milei (2023). Las excepciones han sido Fernando de La Rúa (1999) y Cristina Fernández (2007).
En otras oportunidades hemos señalado que la única certeza posible es la incertidumbre, que involucra ya no solo a los resultados sino también a los propios procedimientos con los cuales se llevará a cabo la competencia electoral: al momento de escribir estas líneas resulta incierto el destino del mecanismo para la selección de las candidaturas multinivel -suspensión, modificación o derogación de las PASO- el financiamiento del proceso electoral y la confección del calendario electoral -desdoblamiento o unificación-.
En este contexto, el escenario de 2027 permanece abierto. La estabilización económica podría ofrecer al oficialismo una plataforma competitiva, aunque no garantizaría por sí sola su continuidad: deberá transformar el apoyo construido contra el pasado en una mayoría capaz de responder a demandas sociales y políticas nuevas.
El peronismo, por su parte, enfrenta el desafío inverso: preservar su identidad y su caudal electoral sin quedar subordinado a un liderazgo que dificulta la renovación. Entre ambos espacios se abre una zona disponible para la aparición de una alternativa que hoy carece de nombre, organización y liderazgo, pero que podría adquirir forma durante la campaña. Mucho dependerá también de las reglas finalmente adoptadas y de la capacidad de los distintos actores para construir coaliciones.
Así, más que anticipar candidatos o resultados, el principal interrogante consiste en saber quién logrará interpretar una sociedad menos dispuesta a elegir entre el temor al pasado y la incertidumbre frente al futuro.