Quienes nos reconocemos fans de Parada sabemos de muy buena tinta que encontrarnos con ellos en directo crea una comunión público-artista que difícilmente pueda explicarse con palabras. Ellos siempre han sido, afortunadamente, una banda que no ha dejado a nadie indiferente: los que les amamos, que también conocemos a quienes les repudian, nos sentimos especialmente cómodos en las liturgias en las que se convierten sus shows al saber que todas las personas congregadas, al igual que las que están subidas al escenario, han mejorado y superado capítulos de su vida gracias a su inmortal cancionero.
Esta iba a ser la tercera vez que les viera tras su celebrada reunión y la excusa no podía ser más alentadora: la ejecución íntegra de Vivalaguerra (06), aquel disco que cumple en estos días veinte años y que nos enseñó y ayudó a sobrellevar las batallas cotidianas con esperanza, tesón y vehemencia.
El quinteto llegó al escenario con su habitual sobriedad y solemnidad sentida mientras comenzaba el ritual con los versos clarividentes de “1,2,3, sombra”. El pulso y la tensión explotaron en todo el Price con los primeros acordes de “¿Por qué me llamas a estas horas”, seguida del latigazo que vertebra “La risa funesta”. Fue en esos momentos cuando me pregunté si no hubiera sido más adecuado programar el concierto en un recinto con la audiencia de pie para poder expresar corporalmente sin tanta atadura lo sentido – en el Price les había disfrutado hace muchos años con el montaje de Room, la creación escénica elaborada para explayar en directo su personalísimo Adelante Bonaparte (10).
Sin embargo, no tardé en darme cuenta que también sería muy disfrutable y especial observar sentado los matices de temas no tan evidentes, más hipodérmicos y difíciles de ver en sus shows. Así, el entramado de “Aire”, “Noticias del frente” y “Víctor San Juan” me atrapó del todo ya. Tiempo para la celebración total y la unión de almas al unísono con una canción que es testimonio imperecedero de todas aquellas cosas –y personas- que dieron sentido a nuestra vida por mucho que nos pase –o no nos pase- lo que nos quede de existencia: “1,2,3, Sol”. Muy hermoso.
Los matices a guitarra y teclados de Víctor Valientelas profundas líneas de bajo de Ricky Faulknerel brío apasionado de Ricky Lavadoel pulso eléctrico de Lástima Elvira y la personal garganta de Enric Montefusco conformaron un motor creador de emociones con una vigencia aplastante y a la altura de la siempre deliciosamente bizarra “Yo soy el presidente de la escalera” se mostraba completamente engrasado.
Mención aparte para “Sí, quiero”, tema trascendental para todo fanático que se precie. Una oda lenta y penetrante, con una de las mejores letras de la banda para describir en ocho minutos los sinsabores diarios de la lucha por vivir al lado del latido correcto y sanador. Tremendamente especial y conmovedor.
Recta final del disco con dos joyas inexcusables. Primero una abigarrada revisión de “El porqué de hablar solo” y después, ese cénit completo que es su siempre obligada “La mirada de los mil metros” con ese trepidante final que puso a la audiencia del teatro en pie para cantar al unísono con los catalanes como una única voz plena de cohesión y alma valientes.
Lejos de ser un complemento, los temas que Parada eligieron para dar por completa la velada auparon aún más el excelente nivel emocional experimentado. Empezaron con la preciosa “Hay que parar”, presentada por Montefusco con esa verdad escalofriante de que “primero hay que morir para poder renacer”.
La excusa del cumpleaños de faulkner sirvió como perfecta presentación para una intensa “Feliz en tu día” a la que siguió una trepidante “Cuando”, ambas incluidas en su disco homónimo de 2004, auténtica llave maestra para cohesionar su pasado y su presente. Su apoteósico final con toda la banda tocando junta como una piña que nunca hubiera conocido fisura, se antojaba el perfecto preludio para una noticia que nos dejó del todo ilusionados y nerviosos: Parada van a entrar en el estudio para continuar una obra que no conoce bache.
El broche de oro no podía ser otro que la infinita “Adelante, Bonaparte (I)”, tan hermosa siempre y tan dura al dar por terminada una noche en la que tocaba bajar los pies a una realidad en la que, a veces, se echa terriblemente de menos una guerra más que ganar.
Foto Paralizado: María Carbonell