María Rodas cerraba 2025 con Lo que me pasa (Elefant Records), «un grandísimo álbum con el que dar luz y dignidad a esas mujeres históricamente estigmatizadas por amar demasiado»como afirmábamos en nuestra reseña.
Una indagación íntima sobre el amor romántico, la obsesión emocional y la construcción del deseo. A través de lírica, explora momentos de enamoramiento idealizado, el autoengaño sentimental y la fragilidad del vínculo. Un trabajo inspirado en la figura de Lidia de Cadaqués, cuya historia de erotomanía se convierte en metáfora de un amor confundido con certeza absoluta.
Lo que me pasa es tan tico y coral, que rehúye de etiquetas y le da a la rumba, el flamenco, el reguetón, la bachata, la bossa nova, la electrónica y el synthpop, con la compañía de voces tan distintas como la de Albert Cases, Delafé, Paco Pecado, La Bien Querida, Soleá Morente oh La Tremendita.
Hablamos con María Rodas para ahondar en la construcción de su colección de canciones más expansiva hasta la fecha.
«El enamoramiento es un estado muy cambiante y me parecía lógico que eso se reflejara también en lo sonoro»
‘Lo que me pasa’ gira en torno a la obsesión romántica y al amor entendido casi como un acto de fe ¿Cuándo sentiste que éste debería convertirse en el eje conceptual del disco?
Empecé a escribir canciones muy intuitivamente, en un momento de intensidad emocional, y al cabo del tiempo me di cuenta de que todas hablaban del mismo territorio: el enamoramiento vivido desde la idealización y la entrega absoluta. Ese impulso inicial estaba ya atravesado por la historia de Lidia de Cadaqués y por el deseo de ponerme en la piel de distintos personajes (la propia Lidia, amigas mías u otras figuras que fui descubriendo leyendo sobre el delirio amoroso). Aunque en algunos momentos aparecen experiencias personales, el disco para mí se construye más como un retrato coral de ese estado emocional.
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La figura de Lidia de Cadaqués fue detonante del relato, ¿cómo llegas a ella?
Llegué a la historia de Lidia estando en Cadaqués; fui a tocar allí, conocí a gente del pueblo y me hablaron de ella, y a partir de ahí empecé a investigar. Lidia estaba convencida de que el escritor Eugeni d’Ors se había enamorado de ella y de que le enviaba mensajes ocultos de amor en las crónicas que él publicaba en el diario. Ese delirio me impresionó porque funciona casi como una exageración de algo muy común cuando nos enamoramos: la tendencia a proyectar en el otro, a leer señales donde quizá no las hay y a ver lo que queremos ver. Su historia me llevó también a los amores pre adolescentes, a esos primeros enamoramientos idealizados en los que muchas veces el vínculo existe casi solo en la imaginación, como cuando te enamoras de alguien inalcanzable y construyes media historia tú sola.
En el álbum, el amor aparece como una fuerza capaz de iluminar y destruir al mismo tiempo; ¿te interesaba huir de cualquier lectura moralizante sobre el “amar demasiado”?
Sí, completamente. No me interesaba juzgar ni corregir esa experiencia. El “amar demasiado” suele leerse como un error o una patología, y a mí me apetecía mirarlo desde un lugar más empático. Mostrar la belleza, la exaltación y también el autoengaño y el dolor, sin cerrar el discurso con una moraleja tranquilizadora.
A nivel sonoro, el disco supone un salto evidente respecto a tus trabajos anteriores, incorporando electrónica, reguetón, flamenco, bachata o synthpop. ¿Qué te influyó para abrirte así?
La necesidad de no repetirme y de dejar que cada canción mandara. El enamoramiento es un estado muy cambiante y me parecía lógico que eso se reflejara también en lo sonoro. No quise partir de un estilo previo, sino escuchar qué pedía cada tema a nivel emocional. Por eso conviven rumbas, bachatas, electrónica, synth pop o flamenco sin jerarquías ni prejuicios.
Has hablado de la vulnerabilidad como una forma de fuerza, ¿qué papel juega la exposición emocional en tu manera de escribir y cantar en este disco?
Es central. Aunque la protagonista de las canciones no sea siempre yo, escribí desde un lugar muy cercano a mis contradicciones. Trabajar desde la ficción me permitió exagerar, jugar y explorar sin quedarme atrapada en lo autobiográfico. Asumir esa fragilidad, sin ironía ni distancia, es para mí una forma de valentía.
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La producción de Joel Condal y la coproducción puntual de Zabala y Bronquio construyen un equilibrio muy preciso entre lo carnal y lo etéreo ¿qué han aportado a tus canciones?
Joel Condal es el mejor productor con el que he trabajado y ha sido fundamental para dar coherencia a un disco tan diverso y para entender muy bien el clima emocional de cada canción. Zabala y Bronquio aportaron enfoques distintos que empujaron algunos temas hacia terrenos más cercanos a su universo sonoro. Me interesaba especialmente trabajar con productores ligados al mundo de la electrónica. Creo que ese diálogo ayudó a construir un equilibrio entre lo corporal y lo más atmosférico del álbum.
‘Lo que me pasa’ cuenta con una nómina de colaboraciones vocales excepcional, ¿qué buscabas en cada una de esas voces?
Buscaba voces con identidad propia, no intercambiables. Cada colaboración responde a un momento emocional concreto del relato: hay voces que encarnan el deseo, otras la complicidad, otras el desengaño o la distancia. No quería colaboraciones decorativas, sino que cada una ampliara el imaginario del disco. En el caso de las más flamencas, como Albert Cases o Rosario La Tremendita, me interesaba especialmente el contraste con la mía y dejar que me contagiaran de su energía en ese momento de superación del duelo que plantea el álbum.
Canciones como “Hechizo» o «Te amé” funden el deseo amoroso con el lenguaje religioso, ¿qué te atrae de esa frontera simbólica entre lo sagrado y lo carnal?
El amor romántico tiene mucho de fe, de ritual y de entrega ciega. El lenguaje religioso me permite exagerar esa vivencia y llevarla a un terreno casi místico. Me interesa esa frontera porque conecta muy bien con la intensidad y el delirio que a veces acompañan al enamoramiento.
En “El parque”, junto a La Bien Querida, das voz a una figura históricamente silenciada como la amante engañada, ¿sentías una responsabilidad narrativa al abordar estos relatos desde una perspectiva femenina?
Son personajes que tradicionalmente se han tratado con burla o condescendencia. Me interesaba darles dignidad emocional y mirarlas desde un lugar empático. Contarlas desde una perspectiva femenina es también una forma de cuestionar los relatos heredados sobre cómo “deberían” amar las mujeres. Además, en El parque también me interesaba mostrar la complicidad posible entre la amante y la mujer engañada, entendiendo que ambas son víctimas de una triangulación involuntaria. Por último, también me gustaba que el personaje encontrara un espacio de autoafirmación, casi un pequeño milagro íntimo, más allá de lo que ocurra fuera o de cómo termine la historia.