
Es todo. Lionel Andrés Messi Cuccittini es el #10 de la Selección. También esperanza. Sueño de ganar la cuarta. Deseo, también. Plegaria para que esté en Estados Unidos. Habilidoso pibe de 38 capaz de dibujar en una baldosa de pasto un golazo. Velocista mental para hallar a un compañero en el radar para abrir un partido. Capitán de cinta y corazón para ofrecerle un penal como tributo al compañero que está jugando su último partido en Argentina.
Es todo, Leo. Que es mucho y, sin embargo, se desea más. Porque, lo dijo Scaloni, el mundo está esperando el sí. Que Messi confirme que estará entre los 26 que irán por la cuarta estrella. Que así LM10 llegue al récord, a su sexto mundial (quizás, con Cristiano) para dejar atrás con cinco a Lothar Matthäus, Antonio Carbajal, Rafael Márquez, Andrés Guardado, Guillermo Ochoa y Gianluigi Buffon.
Aunque la sensación que dejó el 5-0 es que Messi debe estar en Kansas. Porque el rosarino es algo más que el #10 de Argentina. Es ícono para los hinchas, que agotan stock de camisetas con su dorsal y su nombre en la espalda. Es un superhéroe para los más chicos, esos que lo veneran por todo aquello que hizo con la Selección. Pero, a la vez, es algo más que un jugador dentro del grupo.
Para cada estrato de esta neo Scaloneta, la presencia de la Pulga tiene un significado específico. Es el ejemplo de resiliencia de quienes compartieron con él las malas ( otamendi). Es el ídolo que guió a una (por entonces) nueva camada a cuatro títulos – De Paul, Paredes, Dibu, Molina, Julián, Cuti, Lautaro– con el valor de póster que tiene la Copa del Mundo de Qatar.
Y es el faro de las generaciones que comenzaron a brotar: un Nico Paz que lo buscó en cada toque ante Zambia, un Mastantuono que le llegó a ofrecer disculpas en el Monumental por no haberle devuelto una pared ante Venezuela, un Barco que intentó devolvérsela al pie en la primera sociedad estructurada en la Bombonera.
Como si hicieran falta evidencias empíricas de que Messi es todo eso, alcanza con repasar un clip con sus highlights ante Zambia. Rival de otra escala en relación a su talento individuales cierto, pero ante el que dio demostraciones tanto de fútbol como de ascendiente. En términos deportivos, lució para la reverencia de todo un estadio que volvió a abrazarlo metafóricamente, a hacer de su apellido un mantra. A disfrutarlo.
Con ese pase delicioso para que Julián Álvarez -luego de que Thiago Almada no llegara a tocarla- marcara el 1-0. Con ese remate picante sin ángulo tras una pared con Alexis Mac Allister para el 2-0. Con el gesto para que Nico Otamendi pateara el penal del 3-0, cediéndole el privilegio del festejo en su última vez en el país como jugador de la Selección.
Todo eso es él. Esperanza hecha carne. Sueño. Sensación de que está para tener a tope una función más. La confirmación es lo que esperan todos en el planeta fútbol. Porque Messi se merece otro Mundial.