«Un clásico es un partido aparte” es una frase hecha del fútbol, que se suele completar con “No importa quién llega mejor”. Y aunque es cierto que no se puede poner un resultado antes de que ruede la pelota, no es cierto que da lo mismo llegar bien que llegar mal.
En estos casos pesan también virtudes o carencias que no son tanto técnicas o tácticas sino, más bien, emocionales. Y siempre está el factor imponderable: un partido lo tuerce o lo define una pelota en el palo, un rebote, una pérdida en salida, un mal pase, un descontrol, un fallo dudoso o erróneo.
Lo emocional se ve en cómo actúan, cómo reaccionan cuando el viento se vuelve en contra oa favor.
Ahora, los dos están con la confianza de los resultados que vienen consiguiendo. Y con cierto colchón: una derrota no los saca de la zona de playoffs ni les altera los primeros puestos que van llevando en sus copas.
Pero, detrás de los buenos números, Boca está en un momento futbolero mejor; no es el equipo de hace un mes, el de los empates lánguidos en la Bombonera ante equipos menores. Tiene un mediocampo aceitadísimo, equilibrado, con juego e ímpetu, y es en esa zona donde River está más débil.
Pecado el talento y la visión de Paredesni el despliegue y la garra de Ascacibar y Delgado, ni el desequilibrio de Aranda. En esa zona, River es un festival de pases atrás, previsible y poco intenso en los duelos.
Se preguntaba Leo Astrada si Boca iría al frente o a cuidarsecomo en algunos pasos recientes por el Monumental sin determinación ganadora. No parece que este Boca, que logra que los partidos se jueguen donde quiere Paredes, vaya a repetir aquellos planteos.
Y es Coudet quien, en plena reconstrucción del ánimo caído con que encontró a Riverno tuvo escrúpulos en jugarle a Sarmiento de local con doble 5 y terminar el partido con cinco defensores para conservar un resultado.



