
La escena se repite en miles de casas. Un adulto propone sacar una caja de juguetes. Un chico responde sin levantar la vista de una pantalla. El vaquero de plástico, el dinosaurio de goma y la muñeca quedan en un rincón, esperando.
No se trata solo de una batalla entre el pasado y el futuro, entre lo analógico y lo digital. Como tantas veces, las historias “para chicos” señalan dónde vale la pena mirar un poco más.
Toy Story 5, la nueva película récord de Pixar, presenta a Lilypad, un dispositivo digital que casi abduce a la niña Bonnie y pone en evidencia la crisis de la misión de los juguetes: acompañar a descubrir el mundo y estimular para aprender a habitarlo (y, con el tiempo, ojalá, mejorarlo).
Los expertos sostienen que el juego físico libre es clave para desarrollar el lenguaje, la empatía, la creatividad y la resolución de problemas, y cada vez hay más estudios sobre qué habilidades empezaron ya a perder los chicos.
Pero ojo: Toy Story 5 no es tecnofóbica. Lo aclaró su director, Andrew Stanton. Básicamente apunta a cómo lo digital gana terreno al juego mientras scrolleamos en el celular.
Así que, en el fondo, la película habla de por dónde anda nuestra atención, la de chicos y la de grandes, cuando casi nos convencemos de que para todo existirá un clic. Y alcanzará.
La saga de Toy Story se basa en la capacidad de convertir pequeños gestos cotidianos en grandes aventuras. Ahí, al corazón de la infancia, regresamos cuando vemos las pelis. Por eso, las disfrutamos.
Con Lilypad omnipresente, como un celular, Toy Story 5 vuelve a hablar sobre personas, lo que sienten, lo que piensan, cómo actúan, cómo reconocer todo eso, tal y como lo hicieron desde siempre los juegos y los juguetes.
Estuvo claro siempre. Incluso en Toy Story 4, criticada por repetitiva, algo que también se le achaca a la 5. Puede ser que lo sea. Pero, cuando hablamos de chicos, no es menor el hecho de que las sagas construyen una casa donde reconocer y reconocerse e invitan a la continuidad y a la confianza.
El punto es que en Toy Story 4, en vez de Lilypad, aparece Forky, un tenedor descartable convertido accidentalmente en juguete, que nos hace preguntarnos qué define el valor de un objeto. Porque Forky nunca quiso escapar de la pequeña Bonnie: estaba erróneamente convencido de que era basura.
Hoy el asunto parece distinto. La tecnología no para de cambiar y cambiarnos la vida, ¿no? ¿Qué reemplaza lo que ocurre cuando un chico toma un muñeco, un piolín o una chapita, les inventa voces y los convierte en el centro del universo.
Hay otra escena que se repite en muchas casas. Un padre vuelve del trabajo. En un minuto se desconecta. Ya va. Responde un mensaje, mira una foto, le llega una nueva notificación. Mientras, su hija convierte una silla en montaña y una manta en mar. Inventa rescates imposibles y finales felices. ¡Al infinito y más allá!
Cada tanto, la nena levanta la vista. Y cuando el papá, al fin, guarda el teléfono, el juego ya terminó. No hay reproches. Solo otro ratito sin atención.