
Las confesiones de las personas que están cercanas a las seis décadas de vida suelen llegar con reflexión y repaso interior, que hace que los análisis excedan el simple sentir cortoplacista de ese momento. El testimonio de una mujer a sus 58 años pone de manifiesto un sentimiento común por las que a muchas mujeres les cuesta soportar la mirada social que juzga desde afuera.
En un artículo publicado por el sitio Bolde, la mujer contó que nunca se casó y que lo más difícil de esa situación no fue estar sola, sino que todos miraran y trataran a su vida como «una historia a la que aún le falta un final».
En su relato, comenta que desde hace tiempo ya que no tiene vida amorosa. Sí ha tenido diversas relaciones, algunas importantes y que dejaron huellas, pero ninguna que durara lo suficiente para ser permanente. «No me molesta la tranquilidad de mi casa«, destaca la mujer.
Confiesa que no la desvela el estar sola, pero sí que le preocupa cómo los demás miran y reciben ese dato sobre ella. Lo que más le molesta, dice, es la mirada con compasión de los demás y una pregunta que se repite: «¿Y nunca has conocido a nadie?».
La confesión de la mujer pone de manifiesto cómo la mirada social juzga cuando algo no «encuadra» en el grueso de lo que la gente cercana acepta o conoce. Aunque, vale decirlo, en los últimos años ya no hay tantos mandatos que se cumplan a rajatabla en ninguna familia. Pero eso puede pesar aún más para las personas cercanas a los 60 años que a los jóvenes.
Estas no pertenecen a las nuevas generaciones, pero sí fueron de las primeros en entrar a la tercera edad que se están revelando ante lo «socialmente establecido». La mujer de la confesión asegura que le llevó muchísimo tiempo averiguar de dónde venía su dolor, porque sabía que no estaba ligada a la soledad. Supuso en un principio que sí era la causa de su incomodidad, hasta que cambió la mirada.
Dijo que, antes de darse cuenta de dónde venía su malestar, aceptó hasta salir con gente que no quería, citas a ciegas o pasar fiestas con gente que no le interesaba, solamente para poder decir que no la había pasado sola en su casa.
«Y nada de eso cambió nada», reflexionó. Aseguró que se preguntó durante mucho tiempo si ella estaba evitando las relaciones, o si tenía un defecto por el que nada le durara. Pero finalmente lo encontró, ya que se dio cuenta de que cuando la gente trata una sola vida como un prólogo, está diciendo sin querer, «que todo en ella es provisional: el trabajo, las amistades, el hogar que construí, la persona en la que me convertí».
Aseguró que sintió, sobre todo durante las bodas a las que acudió, que la gente reconfigura todo en base a si está o no en pareja. «Me quedaba allí, con una copa de champán en la mano, feliz por mi amiga, y sentía cómo la sala me reubicaba silenciosamente en la categoría de personas cuyo momento aún no había llegado«.
Por último, aseguró que tras darse cuenta de qué le generaba ese malestar sobre la mirada de los demás, ya no se tuvo lástima. Dijo que lo que tiene es aún más grande que una vida matrimonial sin mi cónyuge. La definió como a una vida construida en torno a amistades, un trabajo querido, mañanas que le pertenecen y «una especie de libertad que parece envidiar quienes me compadecen», terminó.