A cincuenta años del golpe de Estado, el historiador Felipe Pigna vuelve sobre 1976 con 76, una crónica del año que cambió nuestra historia para siempre (Planeta), un libro que reconstruye no solo el inicio del terrorismo de Estado, sino también el proyecto económico, político y cultural que buscó reformatear el país.
El historiador Felipe Pigna presenta su nuevo libro 76. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.Con mirada crítica sobre el presente, también reflexiona sobre la memoria como herramienta política y sobre la necesidad de volver a pensar ese período en toda su complejidad, más allá del 24 de marzo. En diálogo con Clarín, habla del libro que presentará en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y reivindica el papel de la cultura, el periodismo y la literatura como espacios de resistencia frente a los intentos de disciplinamiento social.
– ¿Por qué te interesó tratar el 76 y los años previos al golpe?
– Me parece que hay que empezar a hablar de este momento y de la previa porque no todo empezó el 24 de marzo, sino que había un proceso anterior de represión y de violencia que no se podía pasar por alto. Por eso el libro arranca en 1973 con todo lo que eso implica: ¿Cómo llegamos al 76? ¿Qué pasó con la economía, con la cultura, con la represión, con la sociedad? ¿Y qué pasaba en el mundo? Me parecía muy importante el contexto histórico desde todas las perspectivas: culturales, económicas, militares, sociales.
– Hablás del Rodrigazo y de cómo se iba preparando el golpe.
– La economía estaba en un estado calamitoso después del Rodrigazo, que fue un plan económico salvaje de ajuste, planificado por gente que luego va a integrar el equipo de Martínez de Hoz. Uno de los cerebros del plan de Rodrigo fue Ricardo Mansueto Zinn, que era ministro, había sido puesto por López Rega. Y luego va a ser un hombre clave en el gabinete de Martínez de Hoz, así que el Rodrigazo fue una especie de avanzada, fue como tirar nafta al fuego para que todo explotara y luego dar lugar al golpe. La gente que estaba planificando el Rodrigazo estaba, a su vez, en el grupo Azcuénaga, que era un grupo de civiles liderado por Perrot, entre los que se contaba además Martínez de Hoz. Y ellos estaban en permanente contacto con Videla, con Massera, con Agosti, con Galtieri, con los que estaban preparando el golpe, por eso decimos golpe cívico-militar, porque la pata civil fue clave en todo esto.
– ¿Buscaban terminar con la repartición más equitativa que había hasta ese momento de la riqueza?
– Sí, la Argentina, a pesar de que se estaba empezando a descomponer la economía, todavía en 1975 fabricaba 30 modelos de autos nacionales. Era uno de los países más importantes en la exportación de productos industriales y el nivel de reparto de la renta estaba en un 50% a favor de los trabajadores. Ellos querían reformatear este poder económico y ahí está el objetivo del golpe porque veían una amenaza, no en la guerrilla, que era fácilmente derrotable en términos militares, y así lo fue, sino en un sindicalismo nuevo que estaba por fuera de la burocracia sindical. Querían terminar con los curas que estaban en opción por los pobres y con la cultura, que era muy crítica y muy potente en ese momento. En Argentina había 40 revistas; el cine, el teatro y la música eran muy potentes y en todo eso ellos veían un peligro y lo englobaban bajo un término muy amplio que era el de subversión. Es importante recordar que con esa palabra no se referían solamente a la guerrilla, sino que englobaban a todo lo que ellos entendían como peligroso para su manera de ver el mundo.
– ¿Peligroso era lo comunitario?
– Claro, se trataba de terminar con los vínculos comunitarios, de organización, y romper los vínculos sociales. Por eso las primeras medidas tienen que ver con el secuestro de dirigentes sindicales; por ejemplo, secuestraron a Isauro Arancibia, que era el líder de Ctera y que fue asesinado en Tucumán; a René Salamanca, de Smata, dirigente del Cordobazo, que fue secuestrado en Córdoba. No casualmente, en la lista de la Conadep, más del 40% son trabajadores.
El historiador Felipe Pigna presenta su nuevo libro 76. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.– También retomás en el libro el concepto investigado por Victoria Basualdo y su equipo, de responsabilidad empresarial.
– Sí, es interesante el término que utiliza porque no es el de complicidad, sino el de responsabilidad porque había directamente listas elaboradas por las empresas y entregadas a las Fuerzas Armadas.
– Hay otro capítulo dedicado a la censura de la cultura, ¿podrías contarnos?
– Era una de las cosas que más les molestaba, por eso el aparato de censura fue tan minucioso. Ahí cuento, por ejemplo, el caso de Haroldo Conti, que luego sería secuestrado y desaparecido, un gran escritor argentino, a cuya obra Mascaró, el comité de censura le dedica cuatro páginas a analizarla y comienza diciendo que es una obra de excelente calidad literaria. Hubo centenares de películas prohibidas. La censura tenía que ver con el peligro de que la gente pensara, básicamente, en términos de asociacionismo, de solidaridad, de respeto al otro, de empatía. Hubo también más de 100 libros infantiles prohibidos, de Elsa Bornemann, de Laura Devetach, El Principito también se prohibió. Toda una idea muy inquisitorial de la cultura.
– ¿Se buscaba cambiarnos la cabeza?
– Exactamente, a mí me parece interesante el concepto moderno de reformatear. Reformatear el país para que fuera obediente, para que volviera a las normas de obediencia antiguas, a ser un país machista, misógino, porque también hubo mucha represión a las llamadas minorías sexuales, a las opciones sexuales diferentes.
– ¿Qué rol cumplió lo que vos llamás “el terror francés” y Estados Unidos?
– En 1957, los coroneles franceses que habían estado en Indochina y en Argelia aplicando métodos represivos tremendos que incluían la tortura, la desaparición y la muerte, vinieron a Argentina invitados por el comando en jefe del ejército a dar clases a la Escuela Superior de Guerra. Y daban las clases a la luz del día, formaban parte del programa oficial de estudios de la conformación de oficiales en nuestro país y en esas clases, la tortura era descripta como imprescindible y necesaria para la lucha contrarrevolucionaria, como la llamaban ellos. También veían como necesarios el secuestro y el método de desaparición de personas; todo esto está detalladamente enseñado y por ahí pasaron Videla y los generales que luego van a ser claves en la represión y que en el libro pongo sus testimonios donde dicen que fue imprescindible y fundamental la enseñanza que recibieron de los franceses. Los mismos franceses que luego van a marchar convocados por el Pentágono a dar clases en la Escuela de las Américas y West Point para quienes iban a pelear a Vietnam.
– ¿Allí se establece la idea de enemigo interno?
– Sí, ahí se elabora la segunda doctrina que va a tener mucha influencia en la doctrina de seguridad nacional, que establece esta cuestión de que el enemigo es el enemigo interno y que los ejércitos deben dedicarse al control interno de la población.
– Otra de las cuestiones que contás en el libro es la semana del apagón en Libertador General San Martín, Jujuy.
– Sí, fue una represión llevada adelante contra trabajadores de Ledesma: cortaron la electricidad de toda la ciudad y secuestraron a centenares de personas, varios de los cuales continúan desaparecidos hasta el día de hoy, y se utilizaron camionetas de la empresa. En ese caso se ve muy claro lo de la responsabilidad empresarial, es uno de los casos más emblemáticos. Y si bien Blaquier fue acusado por estos crímenes, murió impune.
El historiador Felipe Pigna presenta su nuevo libro 76. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.– ¿Cuál fue el rol de Amnistía Internacional?
– Amnistía fue una institución clave que mandó una delegación a Argentina en noviembre del ‘76. Fue recibida por algunas de las autoridades en Argentina, quienes negaron todo, pero, al mismo tiempo, Amnistía elaboró un primer informe muy duro donde ya ahí aparecen las primeras denuncias de tortura, desapariciones, lugares de detención y esto es muy importante porque es el primer documento internacional que da cuenta de lo que estaba pasando, contrariando el discurso negacionista de la dictadura que decía acá que no pasaba nada. Ese reporte tuvo una enorme repercusión a nivel internacional y ahí comenzó una fuerte campaña, fundamentalmente llevada adelante por los exiliados, de denuncia de lo que estaba pasando en Argentina. Ese informe va a tener una fuerte repercusión porque cuando cambia el gobierno en Estados Unidos, Jimmy Carter, demócrata, que estaba en una cruzada contra la Unión Soviética en ese momento, con el tema derechos humanos, también va a incluir a la Argentina dentro de esos lugares que violaba los derechos humanos y manda una delegada muy importante del Departamento de Estado, que es Patricia Derian, en el 77, que tiene entrevistas con familiares de desaparecidos, recorre lugares de detención y presiona fuertemente al gobierno argentino. No es lo mismo la denuncia de un organismo, por más prestigioso que sea, que la denuncia del gobierno de los Estados Unidos.
– También fue clave el rol del periodismo, ¿no es cierto?
– Claro, había periodistas que intentaban filtrar información más allá de la línea editorial de los medios, ahí fue importante la tarea de El Cronista Comercial, de La Opinión, donde el propio Timerman va a ser víctima de la represión. Y fue fundamental la obra de Rodolfo Walsh, hasta que lo secuestran en marzo del 77, con la Agencia de Noticias Clandestinas, que iba dando partes de lo que pasaba y mandaba a los medios la información, pero era muy difícil porque había una censura estricta, muy fuerte.
– ¿La juventud fue un blanco elegido por la dictadura?
– Sí, claro, por supuesto. Lo dice, por ejemplo, el almirante Bardi, que era el ministro de Bienestar Social, en una famosa entrevista que se pasó por televisión: ‘La juventud es un grupo peligroso para la sociedad porque tienen un exceso de pensamiento’, dijo, y la mayoría de los desaparecidos son jóvenes, de entre 15 y 30 años.
– ¿La iglesia popular también tuvo un papel importante en la lucha contra la dictadura?
– Claro, hubo dos iglesias. La Iglesia-poder, que fue absolutamente funcional a la dictadura, que la acompañó y la justificó, y la iglesia que acompañó la demanda de los familiares, que estaba con la gente en los barrios, tratando de salvar vidas. Hubo dos obispos asesinados por la dictadura, Angelelli y Ponce de León, además de muchos curas desaparecidos, los palotinos, las monjas francesas, y mucha cantidad de sacerdotes anónimos que todavía no sabemos, pero lo que sí sabemos es que un sector de la Iglesia se comprometió mucho, entre ellos el sector de Bergoglio, que también pudo salvar algunas vidas y que luego tuvo un rol muy importante en el reconocimiento de estas víctimas.
– ¿Por qué te parece que es importante conocer todo esto que pasó?
– Creo que es importante saberlo y más en este contexto. Me parece que es importante recordar lo que significa un gobierno autoritario, que te quita derechos, que te censura, que te persigue por tu forma de pensar. Lamentablemente cobra una actualidad que uno no pensaba que pudiera verse en democracia, hay mucha gente con miedo a expresarse, por ejemplo.
76, de Felipe Pigna (Planeta). Foto: gentileza.– La Feria del Libro cumple 50 años, ¿qué rol está teniendo hoy la literatura?
– Argentina siempre fue una potencia cultural a pesar de todo y creo que la feria siempre es una fiesta: la cantidad de libros que se están publicando y la gente que está haciendo lo posible y lo imposible por publicar, y en todos los rubros. Tengo la suerte de estar ahí este 1 de mayo presentando el libro y para mí siempre es una fiesta encontrarme con los y las lectoras, que hasta ese momento son seres imaginarios pero que, en el momento de la firma, de la charla, del encuentro, se corporizan, y es muy lindo porque viene gente de todo el país: es un momento maravilloso.
Felipe Pigna presentará el viernes su último libro, 76, a las 16 en la sala José Hernández.