
Augusto Pantarotto fue uno de los arquitectos más influyentes de Rosario y de la arquitectura argentina. Falleció el pasado lunes 4 de mayo y dejó una obra profundamente ligada a la ciudad y a sus debates disciplinares. Su legado se inscribe en una tradición moderna reinterpretada con sensibilidad local.
El año pasado, la Universidad Nacional de Rosario (UNR) le entregó el doctorado Honoris Causa. Pantarotto “recibió la máxima distinción universitaria por sus múltiples aportes a la cultura arquitectónica y urbanística y, por lo tanto, al bienestar de la comunidad toda”, según el sitio oficial de la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño.
Además, “sus antecedentes en el ejercicio de la profesión le han valido la recepción de innumerables galardones. Esta tarea, sumada a la gestión pública e institucional, su participación en nuestra Universidad y en instancias disciplinares en el país y el mundo, dan cuenta de lo valioso de su tarea en estas últimas décadas y de la trascendencia de su obra”, fundamenta la institución.
Desde el campo profesional, su amigo y colega, el arquitecto Gonzalo Sánchez Hermelo lo definió de manera contundente: “Augusto Pantarotto es el referente más importante de la arquitectura rosarina y esto no es una exageración, es un acto de justicia hacia su rigor y excelencia”.
Ambos pertenecieron al Grupo R, un colectivo de arquitectos rosarinos surgido a comienzos de la década de 1990 que, más que constituirse como una organización formal, funcionó como un espacio de pensamiento, intercambio y producción cultural en torno a la arquitectura.
La relación de Pantarotto con el Grupo R aporta otra dimensión a su figura. Sánchez Hermelo indicó que su rol no respondía al modelo tradicional de maestro. Su influencia surgía desde la presencia y la capacidad de diálogo. “Pantarotto no buscaba discípulos, buscaba interlocutores”, afirmó.
En relación con su obra, Sánchez Hermelo sostuvo que Pantarotto fue “un arquitecto que logró traducir los grandes temas del Movimiento Moderno en el contexto de toda su obra”. Señaló además que su producción no respondía a fórmulas repetitivas sino a una reinvención constante del espacio urbano.
El posicionamiento disciplinar de Pantarotto también se vinculó con una noción de permanencia. “Su insistencia en que la obra debe «durar» es un posicionamiento político y profesional frente a la arquitectura efímera o de moda. Para él, la arquitectura es un compromiso con la ciudad y con el tiempo”, afirmó Sánchez Hermelo.
Entre sus obras más representativas se destacan desarrollos como Torres Dolfines Guaraní, Miracosta Plaza y Quinquela Plaza. “No son solo torres de vivienda; son piezas que ‘arman’ la ciudad y su vínculo con el Río Paraná, dialogando con el horizonte”, explicó. También subrayó que “Pantarotto no construía monumentos a su ego, sino piezas de un rompecabezas urbano”.
Esa concepción se tradujo en una idea central de proyecto. “El edificio como pieza urbana” fue uno de los ejes que atravesaron su producción. Sánchez Hermelo observó que entendía cada obra como parte de una secuencia temporal y espacial más amplia. Sus edificios se integran al tejido urbano y evitan la condición de objeto aislado.
El arquitecto mantuvo una fidelidad sostenida a los principios modernos. Según Sánchez Hermelo se adaptó técnica y plásticamente con sensibilidad artística. Esa coherencia le permitió construir una ética profesional.
Sobre su aporte a la disciplina, Sánchez Hermelo lo ubicó entre los nombres más relevantes del país. “Augusto Pantarotto está sin dudarlo en el mismo olimpo que Clorindo Testa o Mario Roberto Álvarez y Solsona”, sostuvo. Esa afirmación remite tanto a su obra como a su posicionamiento intelectual.
La muerte de Pantarotto marca la pérdida de una figura central de la arquitectura rosarina. Su trabajo consolidó una manera de proyectar que articula ciudad, tiempo y materia. Su legado continúa abierto en la discusión disciplinar y en la propia trama urbana de Rosario.