
Sebastián tiene siete años y cada domingo a la noche le duele la panza. Su mamá lo llevó al pediatra tres veces. Los análisis salieron bien. El médico dijo que «estaba perfecto». La mamá se fue del consultorio sin entender bien qué hacer con eso.
La ansiedad infantil rara vez llega con ese nombre. Llega disfrazada de dolor de panza, de miedos que «no tienen sentido», de rabietas que parecen desproporcionadas, de un niño que no quiere ir al cumpleaños aunque le encanten las fiestas. Llega en forma de preguntas que se repiten hasta el cansancio: ¿y si te pasa algo malo? ¿a qué hora llegás a casa?
Lo que complica el panorama es que los chicos no tienen el vocabulario emocional para decir «estoy ansioso». Sienten el cuerpo que se activa, el corazón que se acelera, el nudo en el estómago, y lo traducen en lo único que pueden: síntomas físicos, conductas de evitación o desborde. Si para un adulto es difícil reconocer que lo que siente es ansiedad y no un infarto, imaginemos lo que le pasa a un chico de siete años que solo sabe que algo adentro suyo no está bien.
La ansiedad es un mecanismo ancestral de protección. Nuestro cerebro tiene una alarma que se activa cuando detecta una amenaza. El problema no es la alarma en sí: en dosis justas, protege, motiva, mantiene alerta. El problema es cuando se queda encendida sin que haya peligro real.
Esa alarma se siente en el cuerpo: el corazón se acelera, el estómago se aprieta, los músculos se tensan. Se siente en la mente: los pensamientos se disparan, aparece el catastrofismo, la anticipación del peor escenario. Se siente en la conducta: el niño evita, llora, se paraliza o explota.
También está atravesada por el contexto -la familia, la escuela, los vínculos- y, a veces, por preguntas más profundas sobre el miedo a lo desconocido o a lo que no se puede controlar.
No se trata de patologizar cada berrinche ni de preocuparse por cada noche de insomnio aislada. Se trata de ver patrones sostenidos en el tiempo.
Un niño con ansiedad suele quejarse de dolores físicos sin causa médica -panza, cabeza, náuseas-, especialmente antes de situaciones que le generan tensión. Puede tener pesadillas frecuentes o dificultad para quedarse dormido. Evita cosas que antes le gustaban: la escuela, cumpleaños, actividades extracurriculares.
También puede preguntar repetidamente por lo mismo buscando una seguridad que no llega, irritarse con facilidad o tener explosiones emocionales que no se explican por el contexto. O volverse muy quieto y retraído. El cuerpo avisa a su manera: morderse las uñas, tensión muscular, movimientos repetitivos.
El objetivo no es que el niño nunca sienta ansiedad. Es que aprenda a transitarla sin que lo paralice.
Una de las trampas más comunes es la sobreprotección. Cuando el adulto retira al niño de una situación para evitarle el malestar, le enseña sin querer que el miedo es fundado. A corto plazo el niño se calma; a largo plazo, el miedo se refuerza. El camino es acompañarlo a atravesar la situación, no saltearla.
Escucharlo sin amplificar el miedo también importa. «¿Tenés miedo de que te pase algo malo en la escuela?» alimenta la ansiedad. «¿Cómo te sentís con la escuela?» deja espacio para que el niño cuente lo que realmente le pasa. Validar lo que siente no es lo mismo que darle razón al miedo.
Vale revisar, además, lo que los chicos ven. Si mamá o papá viven en modo alerta o muestran su propia ansiedad sin regularla, los hijos lo absorben. Somos el primer espejo emocional. Lo que modelamos pesa más que lo que decimos.
Cuando la ansiedad interfiere de manera consistente con la vida cotidiana -no va a la escuela, no puede dormir, no se separa, no come-, es momento de buscar ayuda profesional.
Si como papás aprendemos a ver estas señales a tiempo, ya tenemos gran parte del camino hecho.
Por Marina Mammoliti, psicóloga clínica y creadora del podcast Psicología al Desnudo. Recientemente, publicó Frená Tu Cabeza (Grijabo), donde propone entender qué es realmente la ansiedad, por qué aparece y cómo aprender a relacionarnos con ella de otra manera.