
Noches atrás, una lluvia expresó todo su descontrol a las 19 de un martes, justo cuando comenzaba la presentación del libro Primero el cuerpo. Apuntes de una ensoñación de Carnaval (Queequeg Press). Su autor, el estadounidense Kevin Rabalais, tenía pocas horas en el país pero se lo veía amable y con ganas de contar sus andanzas en la Acadiana, la región francófona del sur de Luisiana. Allí retrató con fotos y textos el Courir de Mardi Gras, un festival de raíces católicas y medievales de origen francés. Un carnaval muy salvaje reflejado como tal en las exquisitas fotos que forman parte del libro. Ese tipo de relevamiento había hecho alguien de apellido similar en otro tiempo y lugar: François Rabelais, el máximo exponente literario del espíritu del carnaval medieval y autor de Gargantúa y Pantagruel. Las raíces se funden y todo cobra sentido.
En pocos minutos la sala de la librería de Palermo ya no tenía una silla libre, y en la calle se veían volar paraguas. Entonces, Rabalais (el cronista) emprendía una reflexión alucinante: “Una y otra vez reviso las fotografías. Estoy buscando un atisbo de ese mundo, lo que sea que me permita entender ya no si realmente ocurrió, sino más bien si se desarrolló tal como lo entendí. ¿Qué clase de imaginación haría falta para inventar una ensoñación así?”. En el espacio de una hora y media, el autor acompañado por el editor Andrés Hax y el traductor del libro Damián Tullio transformaron la sala en un camino oscuro del hechicero paisaje del sur de EE. UU. Ese es el poder del relato, de la literatura, de la crónica y de la filosofía. La ilusión de vivir algo que surge de unas páginas, escenarios, obras o películas.
Hubo otros momentos así en mayo. No digo de carnaval, pero sí de celebraciones austeras. Se vivieron los ùltimos días de la 50ª edición de la Feria del Libro en la que hubo muchos debates. Por otra parte, “Abrir caminos” fue el lema de La noche de las Ideas que se anunciaron en la edición de Ñ de mayo y luego en las páginas de Clarín Cultura. Vinieron pensadores franceses y, en algunos casos, conversaron o discutieron con colegas argentinos. La idea era la de filosofar hasta que aclare, hasta que salga el sol, hasta que el amor a la sabiduría resurja.
No vivimos días de grandes ideas, o al menos no son las que preponderan. En el desierto palpable y en el digital asoman necesidades y discusiones acerca de la densidad de distintos territorios. Emergen escepticismos en el pensar y en el destino de las ideas. Sin embargo, siempre hay un pequeño entusiasmo latente y persistente como el que plantea la filósofa francesa Emma Carenini al analizar el impacto internacional que tuvo la expedición submarina del Conicet. Entre otras interpretaciones interesantes dice: “Algo ocurrió allí que excede la simple divulgación científica, y la cuestión es entender qué. Lo que sucedió es que esta expedición recuperó la potencia del relato de exploración”.
Esta observación curiosa y feliz de que seguimos necesitando historias, relatos y sueños es casi como una ilusión que hoy toma diversas ropas, como las del carnaval que invertía los roles sociales. Esa necesidad en este clima que vivimos nos lleva a plantear que seguimos andando con mucho entusiasmo y ninguna esperanza en busca de un cuento que acompañe nuestras existencias. Y alivie las almas.