
La situación puede resultar similar a lo que empezó a pasar el miércoles 3 de junio pasado, cuando se supo que desde el cuerpo técnico le habían avisado a Emiliano Buendía que se mantuviera entrenado por una posible convocatoria a último momento. Aunque no hubo avisos y sí sorpresas. Apenas tres días faltaban para el comienzo de la Copa del Mundo 2022 y los 26 jugadores del seleccionado argentino ya estaban instalados en Qatar University, en Doha, la casa de los futuros campeones del mundo. Algo no andaba bien y el técnico Lionel Scaloni tomó una decisión dolorosa pero necesaria: Nicolás González y Joaquín Correa fueron desafectados y, a la vez, convocados de urgencia Ángel Correa y Thiago Almada.
El búnker argentino se transformó en un centro de noticias, de los rumores a las confirmaciones. El extremo de la Fiorentina, una pieza clave en el equilibrio táctico del ciclo, no lograba recuperarse de sus dolencias. “Tras el entrenamiento de hoy, el futbolista Nicolás González sufrió una lesión muscular y quedará desafectado de la nómina mundialista. En su reemplazo, el cuerpo técnico de Argentina convoca a Ángel Correa”, rezó el escueto comunicado mediante el cual la Selección anunció la baja del delantero de 24 años.
La noticia voló por el éter y llegó al instante. Correa, quien había sufrido el impacto de quedar afuera en el último corte, recibió en Rosario el llamado del destino. La purga no se detendría allí. Apenas 45 minutos después del primer anuncio, el tablero volvió a moverse con una segunda baja de peso: “El jugador Joaquín Correa también será desafectado de la convocatoria mundialista por lesión. El reemplazante será informado en las próximas horas”. El tiempo de análisis fue corto: el elegido fue Thiago Almada.
El trasfondo de estas salidas explica la determinación de Scaloni. El ex-Argentinos Juniors arrastraba problemas físicos que ya lo habían marginado del amistoso previo contra Emiratos Árabes. En el primer ensayo formal en suelo qatarí, el cuerpo médico confirmó una “lesión muscular bíceps femoral izquierdo”. El entrenador ya lo había anticipado en la zona mixta de Abu Dhabi, con una frase que hoy resuena como una sentencia: “Es verdad que hay algunos que no jugaron por precaución y porque tenían alguna molestia… Hay posibilidad de cambiar la lista de 26. Depende de la evolución de los lesionados. Ellos son bastante grandecitos como para decir si están en condiciones de seguir o no”.
Aquella advertencia no era un simple comentario. Scaloni fue tajante: “Tampoco digo que vayan a salir de la lista. Es evidente que hay jugadores que no están bien y han quedado hoy afuera de la convocatoria porque no estaban aptos para jugar o corrían algún riesgo”. Aunque no dio nombres en ese momento, la lupa se posó de inmediato sobre González, Cuti Romero y Marcos Acuña. Finalmente, el primero en dejar la concentración fue el hombre surgido del Bicho.
El caso de Joaquín Correa fue distinto, pero igual de frustrante. El atacante del Inter venía de marcar el quinto tanto en el amistoso ante Emiratos, pero terminó con dolores agudos. Sus antecedentes no ayudaban: una molestia en el tendón de la rodilla izquierda sufrida en octubre ante Barcelona ya lo tenía bajo observación. Aunque parecía repuesto tras unos días de descanso, las exigencias del entrenamiento mundialista reavivaron el fuego. El parte médico de la AFA fue definitivo: “Tendinitis aquiliana pierna izquierda”. En medio de la madrugada de Qatar, el cuerpo técnico evaluó alternativas. Y tomó una decisión firme: entraban Ángel Correa y Thiago Almada.
Para Ángel Correa, el llamado fue una redención. Partícipe del ciclo brillante de Scaloni y hombre de confianza del Cholo Simeone, el golpe de quedar afuera de la lista original había sido duro. “Siento una tristeza enorme”, había confesado desde Rosario. Sin embargo, se refugió en su familia y tuvo revancha. La historia de Almada tuvo un tinte épico desde el inicio. Al enterarse, llamó a su padre, quien ya estaba en viaje hacia Medio Oriente: el Mundial era su regalo del Día del Padre. Mientras en Ezeiza sus allegados cantaban “el que no salta no va a Qatar”, el Guayo partía hacia Doha.
Dos barrios populosos de la Argentina, Ciudadela Norte, cruzando la avenida General Paz, en el partido de Tres de Febrero, y Las Flores, en el sur rosarino, estallaron de alegría. En el aeropuerto de Ezeiza, Thiago y Angelito se encontraron y juntos emprendieron el vuelo que los llevaría, un mes después, a la cima del mundo.