
Héctor Abad Faciolince. Escritor colombiano. Jurado Premio Clarín 2026.
Su pensamiento es tan fecundo que cuando no sé qué pensar, cuando estoy vacío o aburrido, cuando mi mente está como en pausa y quiero que se ponga alerta y en actividad, tal como los devotos abren la Biblia o el Corán, abro un libro de Borges al azar y siempre encuentro algo en qué pensar, algo que estimula mi sed de conocimiento o de asombro. Basta un apunte suyo sobre el tiempo, sobre el destino, sobre el azar, sobre la humillación, la cobardía o el coraje; sobre la timidez, las matemáticas, el infierno, la amistad, o sencillamente sobre el agua, los animales o el fuego. Con citas reales o inventadas, pero especialmente con su capacidad de poner en relación ideas distantes, Borges es capaz de encender nuestra curiosidad o nuestra imaginación. No hay día que me deje vacío, no hay página suya que me decepcione. Genera algo bello y paradójico: me hace soñar y me despierta al mismo tiempo.
Nora Catelli. Ensayista. Autora de Testimonios tangibles y Estanterías ajenas.
Mon siège est fait: así termina “Guayaquil”, con esa locución clásica que elípticamente significa: “he terminado mi versión de la historia”. “Guayaquil” es un cuento incómodo porque es demasiado terminante. Hoy sólo pienso en ese Borges y en ese cuento, escrutado antes por Jaime Rest, Jorge Panesi, Beatriz Sarlo, Alan Pauls o Martín Kohan. Ahora, ante el aniversario, vuelve la incomodidad, porque “Guayaquil” se cierra imperativamente, tal como se acaba el relato del asedio de Rodas al que alude la cita. Hay razones para el gesto arbitrario: el cuento pertenece a El informe de Brodie, a un Borges ulterior, como sabiamente lo definió Jaime Rest, quien dice que en este libro y en este cuento hay “transparencia, simplicidad y despojamiento”. Hay transparencia en el placer ante la violencia, hay simplicidad en la repetición de los argumentos, hay despojamiento en la pasión por fijar las reglas del juego entre las dos Argentinas, la de la sangre criolla y la de los inmigrantes ávidos. Se lee a Borges desde el detalle, desde la cita, y el detalle inestable, cambiante y vertiginoso modifica todo. Le debo a la compañía de los críticos haber vuelto a recordarme una exigencia: la de evocar los detalles feroces del Borges tardío.
Gabriela Cabezón Cámara. Su última novela es Las niñas del naranjel.
La risa y la sorpresa: me pasó con “El idioma analítico de John Wilkins”. Con su enumeración más famosa, concretamente esta: “… ciertas clasificaciones de animales: (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”. ¿Ven lo que hace? Una taxonomía absurda y encantada que te arranca una carcajada, que te deslumbra porque brilla y, en el sencillo acto que constituye, deja en evidencia que las clasificaciones que nos rigen son las que son. Pero podrían ser otras. En la risa, la sorpresa, el juego y la libertad pienso cuando pienso en Borges.