Están quienes escriben y los que parecieran venir al mundo con la literatura encima. Pero, más allá de las diferencias, todos se nutren literariamente de sus vivencias y experiencias. Muchas de ellas, previas a su labor profesional con la literatura. Ahí, en esas actividades que, aparentemente, nada tenían que ver con el oficio de escribir, seguramente se imaginaron muchas historias o fueron el germen necesario para dar a luz a algunos personajes con el paso del tiempo. Porque, en realidad, todo puede ser transformado en literatura.
Antón Chéjov. El escritor y médico ruso. Archivo Clarín.Ejemplos hay muchos porque, se sabe, se puede nacer con la necesidad de escribir, pero solo el tiempo acomoda las piezas y ubica a quienes considera escritores en el espacio imaginario donde vamos a buscar esas historias que nos identifican de un modo u otro.
Así es como algunos escritores y escritoras siempre estuvieron muy cerca de los márgenes de la literatura, como Julio Cortázar, que empaquetaba libros en una oficina en París, mientras que otros llegaron desde geografías más lejanas, como la medicina, tal como sucedió con el dramaturgo ruso Anton Chéjov o desde la atención al público desde la ventanilla de un banco, como sucedió con el irlandés James Joyce, o sirviendo café, como es el caso de Margaret Atwood. La escritora canadiense seguramente encontró inspiración al observar a sus clientes mientras les servía café, siendo muy joven, antes de dedicarse a su tarea como docente, crítica literaria y activista, y de escribir, entre otras historias, El cuento de la criada.
Chéjov, el médico
Para Chéjov, autor de La gaviota o El jardín de los cerezos, entre otros clásicos del teatro universal, la medicina no era algo secundario. Y en sus textos siempre aparece la figura de un médico como personaje relevante. “La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante”, según declaró él mismo.
Cumbre. Tolstoi (der.) junto al también escritor Anton Chéjov, en 1901. Archivo Clarín.Otro autor ruso, León Tolstoi, estuvo vinculado al ejército antes de dedicarse de lleno a su tarea como novelista. Influenciado por su hermano Nikolái, que era teniente de artillería, Tolstoi participó como voluntario en el Cáucaso durante la Guerra de Crimea. A pesar de permanecer en el ejército varios años y siempre en el frente de batalla, Tólstoi se las ingenió para escribir en medio de las trincheras.
En un escenario completamente opuesto, en el marco de unas oficinas grises y si pensamos en la burocracia como eje de varias de las novelas de Franz Kafka, se entiende perfectamente de dónde podía llegar la inspiración para el autor checo. Luego de estudiar Derecho, Kafka fue empleado, durante varios años, en una compañía de seguros: más exactamente, del Instituto de Seguros contra Accidentes para Trabajadores de Praga. Kafka debía cumplir horario estricto de lunes a viernes de 8 a 14, como corresponde a ese tipo de tareas. Más tarde hizo lo mismo en otra compañía, pero en 1922, debido a que enfermó de tuberculosis, pudo recibir una jubilación anticipada. Sin embargo, moriría dos años después, a los 40 años. A pesar de lo rutinario del trabajo, a Kafka no le disgustaba del todo porque le permitía escribir lo que quería durante el resto del tiempo.
La famosa autora de policiales Agatha Christie fue mundialmente reconocida por sus novelas que, incluso, llegaron al cine. Sin embargo, la británica trabajó como enfermera atendiendo a soldados heridos durante la Primera Guerra Mundial, además de colaborar en un laboratorio dedicado a investigar venenos, un tema que la apasionaba y que conocía muy bien. Christie declaró alguna vez que su labor de enfermería le había dado más orgullo y satisfacción que su tarea literaria.
Agatha Christie. Archivo Clarín.Lewis Carroll, el matemático
Otro escritor británico mundialmente famoso fue Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas. Además de su imaginación inigualable, Carroll era un matemático brillante y también un apasionado por la geometría, tanto que durante más de dos décadas el escritor fue profesor de matemáticas en Oxford. Y ya al final de su vida se dedicó a trabajar con la matemática recreativa y los juegos de lógica.
Su coterráneo, el poeta T. S. Eliot, por su parte, antes de consagrarse como uno de los poetas más importantes de lengua inglesa, fue empleado bancario en una de las sucursales del Lloyds en la ciudad de Londres. Más tarde cambió el banco por una editorial mientras colaboraba con artículos en revistas de la época.
Del otro lado del Atlántico, Mark Twain se vio obligado a trabajar desde muy joven. Con apenas 12 años, el escritor quedó huérfano de padre y, para ayudar a su familia, comenzó como aprendiz de impresor en un periódico. Lentamente fue ganando oficio hasta llegar a ser tipógrafo, a la vez que comenzaba a publicar textos humorísticos y de viajes.
Mark Twain. Archivo Clarín.Precisamente, en una de sus aventuras por el Mississippi, en Nueva Orléans, se ve tentado por la navegación y decide ser piloto de barco a vapor. Pero Twain era muy inquieto y siempre quería probar algo más. Así también tuvo una época en la que trabajó como minero, en minas de plata, y más tarde se alistó como soldado durante la Guerra de Secesión. Las aventuras imaginarias de su personaje Tom Sawyer deben de haber salido de esa vida itinerante de su propio autor.
El ruso Vladímir Nabokov generó polémica cuando publicó su novela Lolita, en 1955, por la que se hizo mundialmente famoso. Sin embargo, es mucho menos conocido su trabajo como entomólogo y lepidopterólogo (especialista en la rama de la entomología dedicada al estudio de las polillas y las mariposas). Si bien se ganó la vida como traductor, ese conocimiento específico y su pasión por los insectos llevaron a que lo nombraran encargado de la colección de mariposas expuestas de la Universidad de Harvard. Por si fuera poco, también fue ajedrecista y creó varios juegos vinculados con esta actividad.
George Orwell, el policía
Otro autor muy citado en los últimos tiempos por su visión anticipada de una sociedad distópica, hipercontrolada y deshumanizada, como George Orwell, con clásicos como 1984 y Rebelión en la granja, antes de su consagración literaria fue oficial de la Policía Imperial en Birmania (hoy Myanmar), al servicio del imperialismo británico.
George Orwell. Archivo Clarín.En otro momento de su vida, apremiado por su escasa economía, también repartió sus jornadas laborables entre dar clases en una escuela por las mañanas y, por las tardes, trabajar como empleado en una librería de libros usados en Londres.
Si hay un caso curioso en esta lista es el de James Joyce. El irlandés, autor del Ulises, trabajó en un banco y no lo hizo en su Dublín natal, sino muy lejos de allí, en Roma. Paralelamente, le dedicaba todas las horas que podía a escribir la que sería su obra cumbre. Pero eso no fue todo. Otra curiosidad en la vida de Joyce fue su pasión por la música, ya que el autor de Dublinenses también intentó una carrera como pianista y cantante.
Si hablamos de escritores famosos, entendiendo por eso a aquellos capaces de que sus libros se vendan a un ritmo desconocido para la gran mayoría de sus colegas, el estadounidense Stephen King es uno de ellos. Pero antes de convertirse en “best seller”, el autor de Carrie pasó mucho tiempo desempleado. Y en esa época aceptó un puesto como encargado de mantenimiento y conserje en una escuela secundaria. ¿De ese rutinario quehacer habrán salido algunos de sus textos más escalofriantes?
Algo mejor lo habrá pasado Haruki Murakami, otro de los considerados “exitosos”, autor de novelas como Tokio Blues y Kafka en la orilla, entre muchas historias más. Y es que el escritor japonés también tuvo una etapa de su vida en que debió ganarse el pan con una actividad que no era la literatura. Murakami trabajó como vendedor en una tienda de discos en su juventud y, más tarde, junto a su esposa, administró un bar.
El escritor japonés Haruki Murakami tras recoger el Premio Letras durante la 43º edición de los Premios Princesa de Asturias. EFE/ Chema MoyaMucho antes, el norteamericano Herman Melville decidió embarcarse en un viaje desde su Nueva York natal hacia la ciudad inglesa de Liverpool, pero lo hizo para conseguir trabajo a bordo del barco. Esa experiencia en altamar fue clave para lo que sería más tarde su novela Moby Dick, un clásico de clásicos.
Charles Dickens, el zapatero
Otro autor de textos fundamentales de lengua inglesa, el británico Charles Dickens, no la tuvo fácil antes de convertirse en escritor. El padre del joven Dickens fue un hombre que acumuló deudas suficientes como para terminar preso. Y su hijo, con solo 12 años, se vio obligado a salir a trabajar en una fábrica de cera para zapatos para poder reunir el dinero suficiente para pagar una fianza y ayudar a su familia a sobrevivir. Más tarde llegarían novelas como Historia de dos ciudades y Oliver Twist, entre otras.
Antes de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura, en 1949, el estadounidense William Faulkner se dedicaba a trabajar como empleado de correos. El autor de El sonido y la furia, Absalón, Absalón, repartía revistas, las que leía antes de entregar. Si bien escribió y publicó desde muy joven, sus deudas lo obligaban, cada tanto, a viajar a Los Ángeles y crear por encargo guiones para películas para varios estudios de Hollywood y así poder seguir con sus novelas.
José Saramago, junto a su ventana, en su casa de Lanzarote, en 2006. Foto Archivo ClarínOtro premio Nobel, el portugués José Saramago, no tenía perspectivas literarias cuando fue a estudiar a la Escuela Industrial de Lisboa, institución que tuvo que dejar porque su familia necesitaba que se pusiera a trabajar, dada la situación económica que atravesaba. Así fue como interrumpió sus estudios para trabajar en una herrería mecánica, primero, y después, como empleado administrativo de la Seguridad Social. La literatura llegaría recién en su madurez.
Ganarse la vida como escritor nunca ha sido fácil y en ningún territorio, eso es evidente. Tanto que hasta el mismísimo Jorge Luis Borges tuvo un paso más que fugaz como inspector de Conejos, Aves de Feria y de Corral, cargo al que renunció enseguida para dedicarse a dar conferencias, y previamente había sido designado como director de la Biblioteca Nacional.