
Será el partido que el mundo del tenis esperaba desde que se realizó el sorteo de Wimbledon hace dos semanas. Aquel día, Novak Djokovic cayó del lado de arriba del cuadro y un hipotético partido ante Jannik Sinner recién se iba a dar en las semifinales. Y a esa semifinal se llegó nomás.
¿Será la edición 2026 sobre el césped más famoso del mundo la última chance del serbio de conseguir su tan ansiado 25° Grand Slam, tal vez lo último que le faltaría lograr en su notable carrera?
Ya retirado del golf competitivo, Roberto De Vicenzo, ante el saludo del interlocutor de turno y cuando se le preguntaba cómo estaba, respondía con un metafórico: «Más cerca del hoyo que del tee de salida». Vale la figura para entender lo obvio: el más grande tenista de todos los tiempos está más cerca del retiro que de su plenitud. Y esa es la verdad.
Porque a pesar de que a los deportistas como él se les desearía la inmortalidad, hay una realidad: a sus 39 años, Djokovic merece ser soltado y tocará despedirse. Por eso cada minuto suyo en una cancha debe ser considerado un regalo. Y un disfrute.
El punto es que a su edad juega como si tuviera diez años menos. Hay un secreto primario: siempre se cuidó. Hizo todo para que la máquina funcionara perfectamente y aguantara, por ejemplo, las más de cinco horas de batalla que le presentó el canadiense Auger Aliassime, 14 años más joven, en los cuartos de final.
Fue trabajo, fue sacrificio, fue una vida dedicada al tenis para poder estar a sólo dos partidos de ese gran objetivo que se planteó desde el mismo momento en el que hace casi tres años le ganó en sets corridos la final de Flushing Meadows al ruso Medvedev, en lo que es su 24° y último Grand Slam. Hasta hoy.
Djokovic no necesitó rendir en su máximo nivel en Wimbledon para llegar hasta las semifinales. La historia lo avala: apenas en cuatro de las 21 ediciones que jugó perdió antes de los cuartos de final. En el pasto él juega como pocos en la historia. O como casi nadie en la actualidad.
No hay duda de que Djokovic puede ganar en el All England por octava vez. Es cierto que Sinner justamente le ganó la semifinal del año pasado en sets corridos, cuando el físico de su adversario tocó fondo, pero él lo derrotó las dos veces anteriores que habían jugado en Wimbledon y también lo venció en Australia a principios de año, en el último enfrentamiento entre ambos.
Una incógnita será justamente el aspecto físico, por supuesto, después del partidazo que jugó ante Auger Aliassime. Pero más allá de los dos días y medio de descanso que tendrá, hay algo que siempre sacó a relucir en momentos complicados: él es un león hambriento que cuando huele sangre, ataca. Y mata. Y el propio Sinner, además, por más número 1 del mundo que sea, no parece estar en su máxima versión en este momento.
¿Cuáles son los argumentos tenísticos que ofrece Djokovic para ilusionarse con dar el golpe frente al italiano? Sobre todo son dos: con el saque está muy firme y tiene la mejor devolución de la historia.
El servicio le funcionó muy bien ante Auger Aliassime: sacó de una manera contundente y con mucha autoridad y, más allá de los 14 aces, ganó muchos puntos «gratis» con el primer servicio y obtuvo más del 70 por ciento de los puntos que jugó con su saque. Y ese dato, en un partido tan extenso, es muy importante.
Además, con el revés erra poco y nada. De todos modos habrá que ver cuando Sinner tome el drive cruzado, de qué manera podrá aguantarlo con ese golpe. Variar las velocidades, pegarle a la pelota cerca del pique y tratar de definir con la derecha paralela puede ser una muy buena táctica. Habrá que ver si el mejor del mundo le permite llevarla a cabo.
Aquella noche del 30 de enero de este año, en Melbourne, Djokovic llegó a las semifinales del primer Grand Slam de la temporada con el mundo del tenis aceptando que la condición de favorito para el partido era de Sinner.
Fue un duelo memorable, en el que Djokovic jugó uno de sus mejores encuentros de los últimos tiempos cuando tuvo frescura para los largos peloteos desde el fondo -ganó siete puntos más en intercambios superiores a los ocho impactos- y jugó de una manera brillante los puntos importantes: levantó nada menos que 16 chances de quiebre. Remontó un juego que parecía perdido y terminó ganando por 6-4 en el quinto set para dar el aviso de que aún estaba vivo.
Esta semana dijo que sigue jugando al tenis para vivir momentos como el que vivió aquella noche en el estadio Rod Laver. Quería darse una nueva oportunidad y la consiguió. Irá por más historia. Como si le hiciera falta seguir escribiéndola.
En los octavos de final de Wimbledon, Roman Safiullin enfrentó a Djokovic. Antes de ingresar a la cancha central se encontraron en el pasillo que da al ingreso, a pocos pasos del gran escenario. Concentrados, cada uno en lo suyo. De pronto el ruso notó que en una pared aparecen los nombres de todos los campeones del torneo. No dudó y, para descomprimir tal vez sus propios nervios, le dijo a su adversario: «Aparecés muchas veces». Djokovic lo miró y con una sonrisa le respondió medio en broma y medio en serio: «Es que vine a jugar aquí muchas veces…».
A ese Djokovic que despierta una admiración lógica en sus propios colegas le queda poco en el carretel. No habrá que lamentarse cuando no esté. La vida se escapa, pero él quedará para siempre. Más allá de lo que suceda en una nueva semifinal de Wimbledon.