
Desde que se jubiló, comenzó a notar una diferencia con el resto de sus amigos. Mientras muchos elaboraban listas de destinos por conocer, cursos por hacer o experiencias pendientes, ella nunca sintió la necesidad de preparar un plan para «aprovechar» esta nueva etapa.
Lejos de preocuparla, esa decisión le dio una tranquilidad inesperada. Hoy resume su forma de ver la vida con una frase contundente: «Soy la única de mis amigos que se jubiló sin una lista de cosas que hacer antes de morir, y todos piensan que me he rendido, pero en realidad nunca me he sentido tan bien porque ya no intento demostrar nada en mi vida».
Sus días transcurren sin grandes aventuras. Se levanta temprano, lee el diario con calma, sale a caminar siempre por el mismo recorrido, cocina, dedica tiempo a la lectura y disfruta de las visitas de su nieta.
Cuando describe esa rutina, reconoce que puede parecer poco emocionante para otras personas. Sin embargo, asegura que hace años no se sentía tan satisfecha con su vida cotidiana. Para ella, el bienestar ya no depende de acumular experiencias extraordinarias, sino de disfrutar plenamente las pequeñas.
Explica que durante más de cuatro décadas trabajó, sostuvo a su familia y buscó cumplir expectativas propias y ajenas. La jubilación marcó el cierre de esa etapa.
Por eso sostiene que ya no necesita seguir demostrando de lo que es capaz. Esa transformación coincide con investigaciones encabezadas por la psicóloga Laura Carstensen, que muestran que, a medida que las personas perciben que el tiempo futuro es más limitado, suelen priorizar los vínculos cercanos y las experiencias significativas por encima de la búsqueda constante de novedades.
Sus amigos suelen advertirle que debería mantenerse más activa, viajar o proponerse nuevos desafíos para evitar el deterioro asociado al envejecimiento.
Ella reconoce que esas preocupaciones tienen fundamento. Diversos estudios muestran que mantener un propósito vital favorece la salud física y cognitiva durante la vejez.
Sin embargo, aclara que propósito y lista de deseos no son necesariamente lo mismo. Para ella, encontrar sentido puede consistir en disfrutar una caminata diaria, compartir tiempo con su familia o leer un buen libro, sin sentir la obligación de convertir la jubilación en una carrera por cumplir objetivos pendientes.
Con el tiempo aprendió a diferenciar el descanso de la resignación. Reconoce que algunas personas abandonan proyectos por miedo o apatía, pero sostiene que ese no es su caso.
Cada tanto vuelve a preguntarse si realmente desea emprender alguno de esos grandes viajes que sus amigos recomiendan. La respuesta, por ahora, siempre es la misma: prefiere quedarse donde está y disfrutar de aquello que ya le hace bien.
A los 73 años concluye que la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo posible antes de morir, sino en sentirse libre para elegir qué vale la pena hacer y qué no, sin la necesidad permanente de impresionar a los demás.