
La alimentación sana está de moda. Y los probióticos forman parte de esta tendencia que tiene al bienestar general como meta. En este sentido, estos microorganismos famosos por sus aportes a la microbiota intestinal, forman parte de muchos alimentos considerados indispensables.
Al ser ingeridos en cantidades suficientes, los probióticos modifican la flora intestinal y, así, mejoran la digestión y la absorción de nutrientes, además de fortalecer el sistema inmunológico. Los Lactobacillus y el Bifidobacterium son algunos de los más utilizados.
Según explica la Mayo Clinic, de Estados Unidos, podemos encontrarlos, de manera natural en alimentos fermentados, como el yogur y el kéfir, y en forma de suplementos dietéticos. A pesar de su buena fama, la gastroenteróloga Beatriz Gros advierte: “Ningún probiótico compensa una vida sedentaria, tabaco, alcohol y mala dieta”.
Durante su participación en el podcast Fit Generation Nutricion, esta especialista en enfermedad inflamatoria intestinal del Hospital Reina Sofía, de Madrid, recuerda que el intestino, conocido como “segundo cerebro”, se comunica con el sistema nervioso, pero afirma que los temas anímicos no se resuelven solamente con el tipo de comida.
Dice que la relación entre microbiota y estado de ánimo existe, pero rechaza simplificar el tema. “Hay personas que comen perfecto y sufren de ansiedad o depresión. Sabemos que los antibióticos y alimentos ultraprocesados alteran la flora e influyen en cómo nos encontramos. Por eso, tras un antibiótico, hay que consumir más verduras, legumbres, fruta, frutos secos y aceite de oliva”, explica.
Sobre los probióticos, quiere ponerlos en su sitio. Dice que existen indicaciones concretas, algunas situaciones pediátricas o contextos muy específicos para consumirlos, pero rechaza su uso indiscriminado. Ella prefiere alimentos fermentados y prebióticos que surjan de la dieta, frente a suplementos elaborados con cepas y dosis variables que rara vez se siguen a largo plazo.
Por otra parte, pide distinguir las molestias funcionales, como los gases o la hinchazón pasajera, de los síntomas que necesitan de una consulta médica, como la sangre mezclada con las heces, diarrea crónica, sobre todo si ocurre por la noche, pérdida de peso sin explicación o vómitos persistentes. También hay que prestar atención a los cambios bruscos del ritmo intestinal a partir de los 50 años.
Destaca que la fibra es una aliada del intestino, porque mejora la motilidad y alimenta a las bacterias que producen ácidos grasos de cadena corta, aunque hay excepciones. En brotes de enfermedad inflamatoria, en estenosis o antes de ciertas cirugías, hay que limitar o ajustar su consumo. Existe, según Gros, la “paradoja” del que necesita fibra y al principio la tolera mal: se resuelve introduciéndola poco a poco en la dieta y con apoyo profesional.