
El 13 de julio de 2014, mientras Argentina jugaba la final del mundo contra Alemania, un novelista chino alentaba desde las gradas. Mo Yan, Premio Nobel de Literatura, estaba en Brasil para tomar un crucero por el Amazonas cuando recibió una invitación para ver el partido en el Maracaná. “Mi corazón estaba con Argentina”, admitiría en una conferencia en la Universidad Diego Portales, “porque Argentina está en Sudamérica y Sudamérica tiene el río Amazonas”. Este año, el escritor vuelve al continente para visitar otras aguas: será invitado de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Parte de la vida y la literatura de Mo Yan está atravesada por los ríos. Hijo de campesinos, nació en 1955 a orillas del río Jiao, en la provincia de Shandong. Ese paisaje de campos cubiertos de trigo y sorgo, con el que se produce el aguardiente baijiu, aparece una y otra vez en sus libros. Ambientadas en el pueblo imaginario de Gaomi del Norte, sus novelas se convirtieron en un registro de la historia reciente del país asiático: desde la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial y la vida en las comunas rurales del maoísmo hasta la prosperidad económica y sus excesos en la era de la Reforma y Apertura o las heridas abiertas que dejó la ley del hijo único.
En un libro, recuerda a una adolescencia marcada por las transformaciones de los años 70. Mo Yan tenía 11 años cuando Mao Zedong comenzó la Revolución Cultural, se cerró el acceso a las universidades y millones de jóvenes fueron enviados a trabajar al campo. En quinto grado, una burla a su profesor terminó en su expulsión del colegio y no pudo terminar la secundaria. De esos años proviene su seudónimo, “mo yan”, que significa “no hables”, un consejo que sus padres le repetían para que no se metiera en problemas.
A partir de ese momento, su trayectoria se convirtió casi en un sueño chino, con su pragmatismo y, sobre todo, oportunidades inesperadas. Un tío lo recomendó para trabajar en una fábrica de algodón y allí tuvo su primer encargo literario. Un compañero descubrió que tenía buena caligrafía y que había leído a los clásicos, así que empezó a pedirle que redactara las cartas para un hijo que vivía en el sur. Mo Yan las escribía con un estilo recargado, a medio camino entre la lengua culta y el chino de la vida cotidiana.
“Lo pensé durante mucho tiempo”, escribe en sus memorias. “Ingresar en el Ejército quizá fuera la manera de salir del pueblo y cambiar el rumbo de mi vida”. Durante tres años lo intentó sin éxito: los informes médicos volvían siempre rechazados. Cuando finalmente lo aceptaron, fue destinado a un pequeño destacamento donde, entre otras tareas, le tocó ampliar el cauce del río y trabajar en la granja comunitaria. En esos años de cuartel y barro publicó sus primeros cuentos en revistas literarias. El cartero las dejaba en el buzón de la unidad, mientras en las radios del país resonaban las que llegaban desde Pekín.
“Aquel era un mundo distinto: las reformas y la apertura al mundo exterior iban a producir cambios profundos en la aldea”, cuenta el narrador de La vida y la muerte me están desgastando (2006), un burgués al que los guardianes del Cielo le permiten volver a la Tierra pero reencarnado en un cerdo. Su olfato no miente: el establo pronto daría paso a una siderurgia.
Las políticas de Deng Xiaoping impulsaron el desarrollo industrial y abrieron las puertas a la cultura extranjera. Las traducciones comenzaron a circular de mano en mano, mientras millones abandonaban el campo para probar suerte en la ciudad. El paisaje empezaba a poblarse de rascacielos y chimeneas, mientras las artes experimentaban con nuevos conceptos de individuo, de identidad y de tradición.
En ese momento, Mo Yan recibió una beca para estudiar en el Instituto de Arte del Ejército. Y allí, en una biblioteca militar, encontró un libro que narraba las peripecias de la familia Buendía en un pueblo escondido del Caribe colombiano. La circulación en China de Cien años de soledad coincidió con una generación que buscaba narrar las tradiciones del campo, mientras las ciudades avanzaban. La China de los 80 se parecía en algo a la América Latina del desarrollismo. Así, un grupo de narradores del interior empezó a indagar en la mirada de los campesinos para contar la experiencia de vivir en un país de cambios radicales. Se los conoció como la generación de “la vuelta a las raíces”.
La aparición de El clan del sorgo rojo en 1986 marcó un antes y un después en su carrera. Con el tono de las leyendas, la novela cuenta una saga familiar enmarcada en la invasión japonesa del norte de China. Los protagonistas aparecen como figuras míticas que luchan, hacen el amor y destilan el vino rojo cuyo aroma dulzón y punzante invade las casas y tiñe el río de color sangre. Al año siguiente, la adaptación cinematográfica dirigida por Zhang Yimou ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín y disparó la fama internacional del novelista.
La Academia Sueca en 2012 definió su obra como un “realismo alucinado”, por la manera en que combinaba cuentos populares, historia y problemas contemporáneos. Ese tono embriagado se mantiene a lo largo de La república del vino (1992), un policial ambientado en los primeros años de la Reforma y Apertura. Allí los sueños y el delirio se mezclan con la fiesta permanente de los nuevos ricos y la corrupción de los poderosos. En Ranas (2009), Mo Yan aborda otra denuncia a la sociedad de su época: la política del hijo único, a través de la historia de una partera del campo que pasa de asistir partos a hacer cumplir abortos forzados.
Representante de una generación que tomó a la literatura latinoamericana como inspiración y modelo, Mo Yan dejó un homenaje a Borges en el libro de visitas de la Embajada argentina. “Mi maestro”, lo llamó. Al parecer, a la realidad le gustan las simetrías ya que el novelista de Shandong comparte terruño con el narrador de “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Quizás, esta vez, el laberinto y la novela confluyen en el Río de la Plata.