
La zona Oeste conserva, en cada rincón, historias de vidas tan asombrosas como inspiradoras. Y esas circunstancias existenciales, que también pueden tornarse tan enternecedoras como cruentas, no siempre están limitadas al espectro de la cotidianeidad humana. O al menos, no del todo.
De esa aseveración puede dar cuenta una parte de la comunidad de Moreno. Más precisamente, aquellas personas que conocieron a Jacinto, uno de los tres caballos rescatados por la Asociación Protectora de Animales (APRANI), quien pudo experimentar la dignidad de la que lo habían privado y también conocer todo lo opuesto a la vida de crueldad y padecimientos que atravesó antes de terminar de desensillar en el predio de Francisco Álvarez.
Perteneciente al linaje popularmente conocido como ‘caballo petiso’, el animal llegó al refugio tras ser hallado en condiciones lamentables por una de las colaboradoras del lugar. Su particular cresta de color marrón, que iba desde la frente hasta casi el lomo y que se matizaba con su pelaje blanco destacando sus ojos claros, se había perdido entre la sórdida oscuridad que le infligían las marcas y peladuras de precarios arneses y correas, que a su vez daban cuenta de que habría sido forzado a tirar de algún improvisado carro.
Tenía más de 30 años y se encontraba desnutrido, alojando ácaros, parásitos y piojos, y con un problema en su pene (lo arrastraba, con una avanzada infección). Cuando pisó APRANI su realidad comenzó a alterarse para bien, como ocurre siempre cuando el amor irrumpe.
«Hubo que hacerle de todo: chequeos completos con veterinarios especialistas y cirujanos, darle vitaminas y alfalfa de la mejor calidad, sacarle las herraduras, medicarlo constantemente y ponerle las vacunas. También pudimos curarle la infección, pero no operarlo. Era complicado en muchos sentidos, y los profesionales nos dijeron que podía vivir con ese problema porque era muy fuerte«, cuenta Alicia Barreto, líder de la Organización No Gubernamental (ONG), aún con la tristeza y el pesar a cuestas por la accidentada y dolorosa partida de Jacinto.
Es que el nuevo huésped, tras recuperarse, demostró ser todo un personaje. Manso por demás, durante los casi 12 meses que vivió en el refugio, se ganó el corazón de quienes trabajan allí, de aquellos que visitaban las instalaciones e incluso de los animales más sociables. Por las noches dormía en su establo y en las mañanas salía a pastar. Por su avanzada edad ya no galopaba ni trotaba, solo caminaba. Lento, más bien. Reafirman desde su última morada que «le encantaban los mimos«, que «era muy buenito» y que su conducta les recordaba a la de un perro. «Se acercaba buscando caricias en la cabeza», recuerdan.
Esa personalidad se evidenció en las redes sociales del establecimiento (@apraniprotectora_). A través de las plataformas digitales, no solo mostraron la evolución del petiso, sino que también su faceta más tierna y divertida. Así, no resultaba extraño verlo bien abrigado con un poncho y una boina en los días de bajas temperaturas ni tampoco observar cómo se refrescaba cuando el calor asomaba.
Pero este verano terminó siendo aterrador para Jacinto y quienes tanto lo cobijaron. Un fallido escruche asustó al cuidador del predio, quien tras ese episodio de inseguridad buscó resguardarse en las noches posteriores con la compañía de un perro pitbull. Una madrugada, aún sin comprender cómo, el perro logró ingresar al establo donde estaba el caballo y la emprendió contra él. Eran las cuatro cuando los relinchos del equino y gruñidos del canino pusieron en alerta al trabajador, quien intervino desesperadamente. Los ataques se localizaron en una de las patas y el pene, que debió ser amputado producto de la severidad de las heridas. Pese a ello y tras las intervenciones de emergencia, Jacinto volvió a salir adelante.
Su recuperación no acusaba otras secuelas: continuaba comiendo y mantenía su habitual docilidad. Pero en una de las revisiones habituales el panorama se modificó cuando los veterinarios notaron que las heridas de la extremidad habían sanado todas a excepción de una en el tarso. Ecografías, radiografías y antibióticos volvieron a ser parte de la cotidianeidad del caballo de cresta marrón. El panorama fue desolador al confirmarse que tenía afectado un hueso y que había desarrollado una osteomielitis en el calcáneo.
Esa situación lo debilitó, comenzó a ponerse anémico y los riñones y el hígado empezaron a verse comprometidos. El dolor se tornó tan fuerte que, un día, ya no pudo levantarse ni siquiera con asistencia. «Se estaba dejando ir. Me contacté con un sitio especializado en el rescate de caballos, pero no pudimos avanzar porque se encontraban con un problema institucional y también por la gravedad y edad de Jacinto. Podía morirse en el traslado e iba a sufrir por los movimientos», indica la titular de APRANI.
En ese contexto, entrada la noche y cuando una de las decisiones más duras de imaginar -y de tomar- comenzaba a asomar en el pensamiento generalizado de la ONG, el petiso murió. No poder incorporarse facilitó procesos neurológicos y renales negativos en su cuerpo, que terminaron siendo letales.
«Murió en un lugar lindo, donde le poníamos su mantita. En su campito, donde siempre pasteaba y paseaba. Estuvo atendido hasta el último momento. Me consuela un poco eso: que se fue tranquilo, sin tener que ser movilizado por cinchas, arneses y estructuras», concluye Barreto, todavía golpeada por el desenlace de Jacinto, el caballo petiso que antes de partir llegó a experimentar todo lo opuesto a la crueldad y el padecimiento: el amor.