
Durante años, Europa pareció condenada a la irrelevancia estratégica. En parte se explicaba por el avance de nuevos (y no tan nuevos) partidos de la derecha radical euroescépticos reacios a dar más poder a la UE. Vox en España, AfD en Alemania, Fidesz en Hungría o el Rassemblement National en Francia, entre otros, dificultaron la construcción de una política común en áreas clave. Líderes como Viktor Orbán llevaron esa capacidad de bloqueo al límite.
El crecimiento de China, la invasión rusa de Ucrania y la política exterior de la administracion Trump estaban dejando a la UE cada vez más en un rincón de la mesa, casi como un grupito de observadores disputando por la interpretación de los hechos más que como un actor con incidencia.
En política, las ventanas de oportunidad no se anuncian: se abren. Rara vez responden a una sola causa, emergen cuando confluyen crisis, errores y liderazgos capaces de leer el momento: se abren cuando confluyen crisis, errores y liderazgos capaces de leer el momento. Hoy, la Unión Europea parece estar frente a una de ellas.
En los últimos meses, una combinación inesperada de factores domésticos y externos ha comenzado a reconfigurar ese escenario. En el plano interno, tres derrotas electorales expresan un cambio de tendencia.
En Francia, el avance del partido de Marine Le Pen se ha visto contenido por la reactivación de la izquierda en las principales ciudades en las elecciones subnacionales de marzo. En París, Emmanuel Grégoire revivió el partido socialista al ganar con alrededor del 50% de los votos.
En Italia, también en marzo, el liderazgo de la hasta ese momento imbatible Giorgia Meloni ha sufrido un revés tras perder un referéndum clave con el que buscaba promover una reforma profunda del sistema judicial pero que funcionó como un plebiscito sobre su persona y perdió por el 54% de los votos. Y en Hungría, Viktor Orbán ha sido desplazado por una aplastante derrota electoral (el partido opositor Tisza consiguió 138 escaños del total de 199, en parte debido a la reforma electoral que había permitido a Orbán sostener una mayoría amplia en los años previos).
Ninguno de estos hechos, por sí solo, habría cambiado el rumbo europeo. Pero juntos apuntan a un debilitamiento relativo de los proyectos nacional-populistas que habían marcado la última década.
A este reacomodamiento interno se suma un contexto internacional crecientemente volátil en el que cualquier atisbo de certeza es valorado. La política exterior de Estados Unidos – errática, costosa y cada día más agresiva– ha contribuido a escalar tensiones con epicentro en Irán, Líbano e Israel. Las consecuencias son visibles: aumento del precio del petróleo, incertidumbre económica y, sobre todo, un creciente cansancio social frente a la lógica de la guerra permanente.
En este contexto, la agencia política vuelve a importar. Y es aquí donde figuras como Pedro Sánchez han sabido intervenir. Su rechazo explícito a involucrar a España – y por extensión a la UE– en una escalada bélica que percibe como absurda no solo marcó un contraste con otras posiciones, sino que contribuyó a cambiar las claves del debate rompiendo la tibieza (cuando no el alineamiento automático) con las políticas norteamericanas anunciadas por Trump en mitad de la noche por redes sociales.
Al hacerlo, Sánchez no solo buscó reposicionarse frente a las dificultades internas de su partido, golpeado por recientes casos de corrupción. También abrió un espacio para rearticular una narrativa europeísta basada en la autonomía estratégica, la prudencia y la desescalada.
Este movimiento no es aislado. Encuentra eco en otros liderazgos, como el de António Costa (ex primer ministro de Portugal) y Ursula von der Leyen, principales autoridades de la UE, que apuntan a reforzar una Europa más cohesionada y menos dependiente de alineamientos automáticos en el escenario global. La ventana está abierta. Pero como siempre en política, no permanecerá así por mucho tiempo. ¿Serán los liderazgos de la UE capaces de aprovecharla?