Buenos Aires es el encuentro de la pampa con el río. Hubo una época en que una indómita llanura sin árboles se extendía hacia el Río de la Plata y se encontraba, sobre la ribera, con bosques nativos conocidos como talares.
Más al norte, donde el Río Paraná desemboca en el estuario, se podía observar la vegetación característica del Delta que el río forma con sus sedimentos. Pero en menos de doscientos años todo cambió.
“Si sacamos todas las divisiones hechas por el humano y nos quedamos solo con la biología del lugar, podemos asegurar que en la Ciudad de Buenos Aires convergen tres ecorregiones: la más conocida es la región pampeana, luego una zona de bosques secos que desaparecieron por el uso de leña, donde está la actual barranca (de Belgrano) y finalmente se suma la ecorregión del Delta del Paraná, que nos trae la influencia de la selva misionera hasta acá”, afirma Claudia Nardini, directora del departamento educativo de Aves Argentinas, y quien explica que una ecorregión es un área geográfica definida por su clima, geología, hidrología, flora y fauna. En Argentina contamos con 18 regiones distintas.
“Plantar nativas es plantar aves, mariposas, es plantar vida”, sintetiza la naturalista, experta en la importancia de recuperar las especies que se fueron perdiendo. “Hay un montón de interrelaciones milenarias que se dan entre las plantas originarias de un lugar, adaptadas a las condiciones particulares, y los insectos, aves y mamíferos de la zona, que sin la flora pueden desaparecer también.”
. La gente no asocia a la Ciudad con el bosque, la asocia más bien con la nada.
Gabriel BurgueñoUrbanista
El efecto mariposa
Para Nardini, fue justamente la falta de mariposas lo que ayudó a reflexionar sobre que algo estaba pasando: “Cuando hablás con personas mayores y te dicen que cuando ellos eran chicos la Ciudad estaba llena de mariposas y ahora no ven ninguna, bueno, eso se debe a que las mariposas ponen sus huevos en una planta nativa. ¿Viste que antes había muchos terrenos baldíos? Bueno, esos eran terrenos llenos de plantas nativas”.
“Buenos Aires tiene una flora de 2.000 especies, donde está la Ciudad y alrededores había cincuenta árboles entre la ribera y la barranca con los talares, pero han sido destruidos antes de ser reconocidos. La gente no asocia a la Ciudad con el bosque, la asocia más bien con la nada. Hay una frase que se repite entre viajeros que es que en Buenos Aires no había nada, mismo Domingo Sarmiento, en su libro Facundo, dice: ‘Clavar los ojos en el horizonte, y ver… no ver nada’”, reflexiona Gabriel Burgueño, doctor por la Universidad de Buenos Aires en el área de Urbanismo y uno de los mayores referentes en planificación urbana con plantas nativas.
“Cuando (Sarmiento) dice: ‘El eucaliptus será el árbol de Buenos Aires, el marido de la pampa que vivió viuda y solitaria’, está pidiendo traer este árbol de Australia, despreciando los cincuenta árboles que había en esta zona. Esto generó mucho daño, no sólo al cortar el bosque sino al borrarlos del imaginario donde esas plantas están ausentes”, continúa Burgueño, docente titular de la cátedra Meta Paisaje de la Universidad de Buenos Aires.
Flor de ceibo en el Parque de la Estación (Balvanera). Foto: Mario De FinaMucho por hacer
En la Ciudad, el 99% del arbolado lineal está compuesto por especies exóticas, según afirma Eduardo Haene, profesor de la Universidad de Belgrano, en su investigación Biocorredores de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde propone generar espacios para que prospere la naturaleza nativa más allá del esquema de los jardines tradicionales.
Para el investigador, un biocorredor “es una matriz territorial de usos de la tierra que conectan fragmentos de hábitat natural a través del paisaje” y está convencido de que la Ciudad tiene un enorme potencial para aplicarlo, en lugares tan diversos como en los terraplenes del ferrocarril o en los márgenes del Riachuelo. Pero a seis años de la publicación de su libro, aún no se implementó ninguno.
“Con mi investigación busqué poner las cartas sobre la mesa y mostrar que es posible. El problema es que requiere una territorialidad con diversos administradores, ya que se trata de un mosaico de situaciones que se superponen, y no es sencillo de encuadrar en una figura legal”, asegura.
De todas formas, Haene se muestra esperanzado con “una figura mixta llamada OMEC (Otras Medidas de Conservación basadas en áreas), que hace menos de un año el Gobierno nacional asumió y que encuadra perfecto para tener la figura legal que los biocorredores necesitan”.
En simultáneo, en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires se empezó a crear un grupo de egresados y alumnos avanzados de la tecnicatura de jardinería pero especializados en nativas.
“Ellos toman el tema y crean un propio biocorredor en la Facultad”, menciona Haene, entusiasmado con un ejemplo concreto de realización de una propuesta con la que trabajó todos estos años. También lo entusiasma algo que no tarda en mencionar: “Nunca hubo tantos viveros ni tanta producción de nativas como hoy”.
Biocorredor en la Facultad de Agronomía de la UBA. Fotos: Mario De FinaUn árbol demora unos tres años en crecer, si nos piden 300 árboles de un día para el otro no tenemos.
Marcela SánchezBotánica
Una red de semillas
Marcela Sánchez es botánica, dedicó toda su vida al estudio de la flora nativa, en especial de las orquídeas. Cuenta que su patio es una selva donde los colibríes anidan en las enredaderas.También es miembro de la comisión impulsora de la Red de Viveros de Nativas (Revina).
“Revina surge en 2016. Nos dimos cuenta de que se difundía el uso de las nativas pero todos se preguntaban dónde se podían conseguir. A partir de eso creamos la red con foco en la Ciudad y el Gran Buenos Aires y finalmente se sumó gente del interior. Es una organización informal, un conjunto de voluntades”, cuenta Sánchez, y recuerda que en la red hay desde viveristas comerciales de productores establecidos hasta aficionados que comenzaron cultivando plantas en su patio.
“Si alguien colecciona una semilla en el radio de 200 kilómetros de su zona, se considera propio de la ecorregión”, afirma la especialista.
Trabajan con municipios proponiendo que en los espacios públicos coloquen nativas, pero también son los propios vecinos, quienes en reuniones con funcionarios piden que los árboles nativos reemplacen a los exóticos.
“Un problema serio es la falta de conexión entre demanda y oferta: un árbol demora unos tres años en crecer, si nos piden 300 árboles de un día para el otro no tenemos porque ningún vivero puede producir esa cantidad sin antes saber a quién se lo va a vender.”
Para la botánica, el gobierno de la Ciudad tomó conciencia de que las nativas son la mejor opción para los espacios públicos, “porque están adaptadas a la región, necesitan menos mantenimiento y son fuente de biodiversidad y hasta de recuperación de nuestra identidad”.
Aunque también reconoce que al haber escasos arboles originalmente en la región pampeana, es cuestión de prueba y error encontrar las especies que mejor se adaptan: “No es lo mismo cómo funciona un árbol en un bosque, como en los talares que había antes, que en una vereda donde es un ambiente seco con una enorme insolación. Por eso estamos probando qué especies funcionan”.
Especies nativas de la ecorregión pampeana. Fotos: Mario De FinaBiodiversidad
“El jardín hasta hace cincuenta años era un lugar de prolijidad, dominio, orden. Hoy eso está cambiando y hay diseñadores que planifican espontaneidad, lo que llamamos comúnmente jardín naturalista. Hay un aspecto de lo silvestre junto a una reflexión ambiental y otra emancipatoria, previa a lo colonizado. Sumado a una tendencia de diseño internacional, planteado por el paisajista holandes Piete Oudolf (famoso por el diseño del paisaje naturalista de High Line de Nueva York), que apuesta por lo descontracturado”, relata Burgueño, para explicar la tendencia global de la jardinería biodiversa, donde puede confluir la reivindicación de lo autóctono con el libre albedrío de la naturaleza.
Para este especialista, más allá del avance de las especies nativas, donde es pionera, a la Ciudad le faltan espacios verdes. “Si bien tiene cinco o seis metros por habitantes, están mal distribuidos.”
También cree necesario construir espacios seminaturales en lugares públicos y trabajar con la ribera del río “que es dura y con poco contacto con la naturaleza, casi que no se ve el agua”.
Por último, proyecta una ciudad donde se desentuban los arroyos y se naturan sus bordes: “En muchos países del norte ya han desentubado cauces de agua. No es de un día para el otro, pero imaginate que en lugar de la Avenida Juan B. Justo te hago un arroyo, sería genial, sé que va a llevar unas cuantas décadas, pero ya de sólo pensar en esa utopía, creo que vale la pena”.