No siempre resulta fácil hablar en otras lenguas. Por lo general, requiere de un doble esfuerzo de expresión y, aunque puede deparar alegrías, también puede despertar ansiedades y vacíos del corazón: ¿Me habrán entendido? ¿Era esa la palabra correcta, la palabra que yo quería decir? Son preguntas que podemos hacernos hablando también nuestra lengua, pero cuando estamos en otra, esas preguntas parecen multiplicarse en cientos de ecos. Después llega la calma: la conversación fluye, una olvida que la lengua que habita es extranjera. Por eso, un encuentro intelectual en una lengua distinta a la propia puede parecer algo excepcional. Pero las cosas no son tan simples.
Encontrarse en otra lengua con otros es una experiencia común (y por tanto nada excepcional) para quienes viven en fronteras, en condición de migrantes, en familias de múltiples procedencias, en comunidades de lenguas no oficiales. Lo propio y lo ajeno son asuntos bastante más intrincados de lo que podríamos creer a primera vista, al menos en lo que toca a las lenguas y a la identidad.
Mi encuentro en la lengua inglesa con John M. Coetzee empezó con un movimiento suyo hacia el castellano y, en particular, hacia la Argentina. Un programa de intercambio universitario y su contacto con Soledad Costantini, editora de El Hilo de Ariadna, habían tendido un cable de conexión internacional que atravesaba el hemisferio llamado por algunos “sur global”, una definición que Coetzee rechaza por razones políticas. Fue entonces cuando me invitaron a traducir dos volúmenes del escritor austriaco Robert Musil para una colección de literatura universal curada por Coetzee.
Nacido en Sudáfrica y habitante de Australia, él había cruzado más de una vez fronteras de países, también hacia el Norte, pues había trabajado en Inglaterra y en Estados Unidos mientras se convertía en el escritor mundialmente famoso que ganaría el Premio Nobel en 2003. Autor de magníficos volúmenes como La edad de hierro y Desgracia, Coetzee es considerado en el mundo de habla inglesa un referente de escritura, de LA escritura –con mayúscula– en esa lengua. Lo interesante es que el inglés no es su “lengua materna”, aunque lo aprendió de pequeño en la multilingüe sociedad sudafricana, en donde las lenguas y sus hablantes están atravesados por tensiones políticas y raciales en especial manera.
Una residencia para escritores me llevó a Australia en 2018 y a una conferencia sobre el eje Sur-Sur en 2019. Poco después, la invitación a traducir El polaco daría origen a una colaboración plasmada en un libro escrito a dos manos: Don de Lenguas. Esa nouvelle –El polaco– era el tercer libro escrito por Coetzee en el que aplicaba lo que yo he dado en llamar su “gesto”, que consiste en hacer circular sus publicaciones primero en la traducción al castellano y, más tarde, pasado un tiempo, en el original inglés.
Dos volúmenes anteriores habían sido traducidos también por una argentina, Elena Marengo, bajo el mismo lema: primero debía circular la traducción como si fuese el original, después el inglés como lengua segunda.
A la par de una absoluta independencia como artista, había en ese gesto de Coetzee una crítica a la industria del libro global. En este ámbito la lengua inglesa juega un papel preponderante, puesto que, siendo la lengua global de hoy, dictamina, como todas las lenguas globales lo han hecho en la historia, la mayoría de los intercambios internacionales del entretenimiento, del saber y de la estética.
Toda lengua global dice qué es bello y qué es verdadero mejor que cualquier otra. Pero no debemos olvidar: el dominio del inglés es histórico y comenzó hace poco menos de un siglo, consolidado por el desenlace de la Segunda Guerra. Una lengua global, como lo fue antes el francés y, hace varios siglos, el castellano, tiende a importar mucho menos de lo que exporta, y vive del sueño de la autosuficiencia. Los textos de esa lengua son traducidos ampliamente al resto del mundo, mientras que recibe desde afuera, de otras lenguas, unos pocos. Cualquier frase científica dicha en inglés hoy es más “verdadera” que la misma dicha en albanés, o en castellano. Algo similar pasa con la literatura, aunque en menor escala: la lengua dominante domina también por sus modelos narrativos y por la difusión de sus autores.
Una de las paradojas de la escritura de Don de lenguas es que, si bien nuestro libro critica varias nociones aceptadas, no puede escapar de las leyes del mercado y del prestigio. Para asegurar su funcionamiento, por ejemplo, debimos escribirlo, precisamente, en inglés. Por un lado, porque una de las motivaciones principales era hacer ver al mundo anglosajón sus propios privilegios –puesto que los privilegios siempre tienden a ser invisibles para quienes los disfrutan–. Por el otro, porque nuestras condiciones de comunicación estaban mejor garantizadas en esa lengua. Que haya cruzado la frontera al castellano se debe al gran trabajo de su traductora, la escritora argentina Esther Cross.
Libros escritos en lenguas ajenas (como me pasó a mí al escribir en inglés), libros sobre traducción que se traducen a otras lenguas –como le ha ocurrido a Don de lenguas, con sus traducciones al chino, al alemán y al italiano, entre otras–, libros que hablan de la hechura de libros. Habíamos entrado en un juego de referencias cruzadas.
Esto nos obligó a poner todo en duda: la idea de la lengua propia, las diferencias de las lenguas entre sí, las palabras y sus destinos. Si es verdad que toda lengua condiciona nuestro modo de ver el mundo, ¿cómo podemos confiar en la traducción? ¿Y qué pasa con los bilingües, sufren acaso de una suerte de esquizofrenia?
Muchos de los habitantes de este mundo no sólo hablan la lengua en la que nacen, tal como la propia biografía de Coetzee muestra, criado entre el afrikáans y el inglés. Enfrentada a su caso, yo misma me di cuenta de mi propia complejidad lingüística: mi madre española, llegada a los diez años junto a toda su familia a la Argentina, nunca acabó de dominar el voseo; mi padre nacido en el seno de una familia griega, criado en un mundo por completo extranjero hasta su llegada al mundo escolar argentino. Y esa lengua que nunca me fue enseñada y nunca aprendí más que en su forma clásica, y para fines filológicos. Opté más tarde por otras, impulsada por el deseo de ideas: la lengua alemana de los filósofos de Frankfurt, la lengua inglesa de las novelas del siglo XIX, el francés de la historiografía y del existencialismo.
Pero no todo es general en este libro; ahora noto que Don de lenguas se interroga también por lo mínimo, por el destino de las palabras más simples, como pan y como agua. Quienes escriben y quienes hablan “quieren” ciertas palabras, buscan ciertas palabras, y a veces no las hallan, ni en la lengua propia ni en la ajena.
Misterios ante los que Coetzee y yo, tras la traducción de El polaco, en cierto modo cultivamos la misma fascinación. Por eso dedicamos esos meses de escritura, él frente a su computadora en Adelaide, Australia, y yo frente a la mía en Berlín, Alemania, él premio Nobel en una lengua que utiliza hoy sin ninguna marca de lugar, para extraerla de toda pertenencia, yo en el inglés de la urgencia por decir, para encontrarnos en una forma dialógica que nos permitiese hacer en conjunto esta llamada: un libro como un signo de atención. Hoy el advenimiento de la automatización de la escritura y la traducción nos enfrenta a otros desafíos. Esto definirá nuestro futuro de autores y traductores, y deberemos escribir nuevos libros para enfrentarlos, como Coetzee ha hecho con su gesto cuestionador a la lengua inglesa.
M. Dimópulos. Novelista, traductora y ensayista, publicó las ficciones Pendiente, Cada despedida, Anís y Quemar el cielo, y un curso sobre filosofía del lenguaje, Decir el mundo. En abril editará su ensayo El siglo de Hannah Arendt.

